Guara: donde el viento recuerda y la piedra sueña
- T. Delàs
- 27 may
- 4 min de lectura
Mayo 2026
Cuando el paisaje pide ser contado

Quien camina por las crestas de Sevil, quien escucha el eco del Mascún o quien se asoma al Vero al amanecer, siente que Guara guarda algo antiguo, algo que no pertenece del todo al mundo visible: un rumor, un pulso, una historia que se desliza entre los pinos y se esconde en los pliegues de la roca.
Los pastores del Somontano siempre lo supieron.

Por eso, cuando hablaban de Guara, no hablaban solo de montes o de sendas, hablaban de paisajes con alma, de vientos que tienen carácter, de barrancos que nacen de un llanto, de gigantes que duermen bajo la caliza.

La sierra, decían, es un ser vivo. Y como todo ser vivo, tiene un origen.
A partir de ese sustrato cultural nace la siguiente leyenda, creada para ofrecer a Guara una mirada poética a su origen que respete su espíritu y su paisaje.
No es una historia antigua, pero brota de la misma tierra que inspiró las voces de quienes vivieron aquí antes que nosotros, un relato que podría haberse contado al calor de un hogar en Sevil, o bajo las estrellas de Otín, o en una era de Radiquero mientras el cierzo agitaba los almendros
La Hija del Viento y el Pastor de las Rocas

Dicen los más viejos del Somontano que, antes de que existieran los barrancos, antes de que los buitres aprendieran a planear y antes de que los ríos encontraran su camino hacia el mar, Guara era un llano silencioso, cubierto de hierbas altas que se mecían como una laguna verde. En aquel tiempo remoto vivían dos seres singulares.
Aiera, la Hija del Viento
Era ligera como el polvo de las anémonas, inquieta como el cierzo, su voz era un susurro que hacía temblar los trigales.

Sevar, el Pastor de las Rocas
Era un ser antiguo y silencioso, caminaba con pasos que hacían vibrar la tierra, sus manos podían modelar la piedra como si fuera arcilla y de sus hombros caían guijarros que se convertían en colinas.

Aiera amaba recorrer el llano, pero soñaba con algo que no sabía nombrar, altura, quería ver el mundo desde arriba, quería rozar el cielo.

Sevar, que la amaba en silencio y la observaba desde lejos, comprendió su deseo. Sabía que el viento no conoce límites, pero también sabía que el llano nunca podría darle lo que buscaba.

Y una tarde, cuando el sol se apagaba detrás de la línea azulada del oeste, le habló:
—Si quieres tocar el cielo, yo te alzaré.
Aiera rió, porque el viento no cree en fronteras.
Pero Sevar, con la paciencia de los siglos, clavó su bastón en la tierra y empujó desde las entrañas del mundo.

El llano se arqueó, se plegó, se elevó. Nacieron las primeras lomas, luego las crestas, y finalmente la gran columna de piedra que sería el corazón de la sierra.
Aiera, emocionada, ascendió por las nuevas alturas.

Pero al llegar a la cima, descubrió que el aire allí era frío y solitario, demasiado quieto incluso para ella.
Lloró.
Y sus lágrimas, al caer, abrieron surcos que se convirtieron en barrancos, Mascún, Balcés, Vero, Formiga.
Cada lágrima un cauce, cada suspiro un desfiladero.

Sevar, al verla sufrir, quiso consolarla.
Golpeó la roca con su bastón y abrió cuevas para que el viento pudiera esconderse en verano y cantar en invierno.
Aiera, agradecida, entró en ellas y dejó allí su aliento.

Desde entonces, cuando sopla el cierzo en Guara, se dice que es Aiera recordando su primer llanto.
Pero aún faltaba la luz. La sierra recién nacida era hermosa, sí, pero oscura.

Aiera pidió luz.
Sevar, incapaz de crearla, llamó a Lumina
Lumina, la Preceptora de las Estrellas

Descendió una noche de San Juan. Tomó un puñado de polvo brillante del cielo y lo esparció sobre las cumbres. Así nacieron las calizas blancas, luminosas, capaces de guardar el amanecer como un secreto antiguo.

Cuando todo estuvo hecho —las alturas, los barrancos, las cuevas y la luz—, Aiera abrazó a Sevar.
El viento y la roca se unieron.

Así nació Guara: un pacto antiguo entre el viento y la piedra, entre el movimiento y la quietud, entre el deseo y la paciencia.
Los pastores dicen que, si te sientas en silencio en la cresta de Sevil al caer la tarde, aún puedes oír a Aiera deslizarse entre los pinos, y sentir bajo tus pies el latido profundo de Sevar.

Porque Guara no es solo una montaña. Es una historia que sigue respirando.
Guara mágica, un territorio que sigue generando relatos
Esta leyenda no pretende sustituir las historias tradicionales del Somontano —los gigantes de Nocito, las moras encantadas, el Salto de Roldán— sino dialogar con ellas.

Es una forma de mirar la sierra desde dentro, de devolverle la voz y de ofrecer a visitantes y lectores una puerta simbólica para comprenderla.
La Sierra de Guara no es solo un espacio natural; es un paisaje cultural.
Cada barranco, cada dolina y cada cresta guarda una historia, la de los pastores que cruzaban Sevil, la de los pueblos abandonados, la de los caminantes que buscan silencio, la de quienes trabajan por preservar la memoria de este territorio.

Guara es roca, sí. Es agua, viento, silencio. Pero también es relato. Y cada generación tiene el privilegio de añadir uno nuevo.




Magnífico , José María Sanagustin.
Gracias
Inmaculada Fumanal Villacampa
Tierra mágica. Preciosa leyenda.