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Guara: donde el viento recuerda y la piedra sueña

Mayo 2026

Cuando el paisaje pide ser contado

Surgencia del rio Mascún cerca de Rodellar. Sierra de Guara. En rouge, CC BY-SA 4.0, via wikipedia commons

Quien camina por las crestas de Sevil, quien escucha el eco del Mascún o quien se asoma al Vero al amanecer, siente que Guara guarda algo antiguo, algo que no pertenece del todo al mundo visible: un rumor, un pulso, una historia que se desliza entre los pinos y se esconde en los pliegues de la roca.

Los pastores del Somontano siempre lo supieron.

Pastor en la Sierra de Guara. Jorge G. Berges-Puyó, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Por eso, cuando hablaban de Guara, no hablaban solo de montes o de sendas, hablaban de paisajes con alma, de vientos que tienen carácter, de barrancos que nacen de un llanto, de gigantes que duermen bajo la caliza.

Tozal de Guara, Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0,via wikimedia commons

La sierra, decían, es un ser vivo. Y como todo ser vivo, tiene un origen.

A partir de ese sustrato cultural nace la siguiente leyenda, creada para ofrecer a Guara una mirada poética a su origen que respete su espíritu y su paisaje.

No es una historia antigua, pero brota de la misma tierra que inspiró las voces de quienes vivieron aquí antes que nosotros, un relato que podría haberse contado al calor de un hogar en Sevil, o bajo las estrellas de Otín, o en una era de Radiquero mientras el cierzo agitaba los almendros

La Hija del Viento y el Pastor de las Rocas

llano cubierto de hierba.Julen Iturbe-Ormaetxe, CC BY-SA 2.0, via wikimedia commons

Dicen los más viejos del Somontano que, antes de que existieran los barrancos, antes de que los buitres aprendieran a planear y antes de que los ríos encontraran su camino hacia el mar, Guara era un llano silencioso, cubierto de hierbas altas que se mecían como una laguna verde. En aquel tiempo remoto vivían dos seres singulares.

Aiera, la Hija del Viento

Era ligera como el polvo de las anémonas, inquieta como el cierzo, su voz era un susurro que hacía temblar los trigales.

Polvo de anémonas. Isidre blanc, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Sevar, el Pastor de las Rocas

Era un ser antiguo y silencioso, caminaba con pasos que hacían vibrar la tierra, sus manos podían modelar la piedra como si fuera arcilla y de sus hombros caían guijarros que se convertían en colinas.

Tozal de Guara. Amadalvarez, CC BY-SA 4.0 via wikimedia commons

Aiera amaba recorrer el llano, pero soñaba con algo que no sabía nombrar, altura, quería ver el mundo desde arriba, quería rozar el cielo.

Aoirea, la hija del Viento. IA  Archivo propio

Sevar, que la amaba en silencio y la observaba desde lejos, comprendió su deseo. Sabía que el viento no conoce límites, pero también sabía que el llano nunca podría darle lo que buscaba. 

Sevar, el pastor de las rocas. IA. Archivo propio

Y una tarde, cuando el sol se apagaba detrás de la línea azulada del oeste, le habló:

—Si quieres tocar el cielo, yo te alzaré.

Aiera rió, porque el viento no cree en fronteras.

Pero Sevar, con la paciencia de los siglos, clavó su bastón en la tierra y empujó desde las entrañas del mundo.

Mallos de San Jorge. Sierra de Guara. Jvelillagil, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

El llano se arqueó, se plegó, se elevó. Nacieron las primeras lomas, luego las crestas, y finalmente la gran columna de piedra que sería el corazón de la sierra.

Aiera, emocionada, ascendió por las nuevas alturas.

Tozal de Guara. Jvelillagil, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

Pero al llegar a la cima, descubrió que el aire allí era frío y solitario, demasiado quieto incluso para ella.

Lloró.

Y sus lágrimas, al caer, abrieron surcos que se convirtieron en barrancos, Mascún, Balcés, Vero, Formiga.

Cada lágrima un cauce, cada suspiro un desfiladero.

Cañon del rio Vero cerca de Alquezar. Sierra de Guara. Anna Carranza. Archivo propio

Sevar, al verla sufrir, quiso consolarla.

Golpeó la roca con su bastón y abrió cuevas para que el viento pudiera esconderse en verano y cantar en invierno.

Aiera, agradecida, entró en ellas y dejó allí su aliento.

Ventanales del Mascún. Sierra de Guara. Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0,via wikimedia commons

Desde entonces, cuando sopla el cierzo en Guara, se dice que es Aiera recordando su primer llanto.

Pero aún faltaba la luz. La sierra recién nacida era hermosa, sí, pero oscura.

Vista de la cascada junto a la ermita de San Martín de la Val d'Onsera. Sierra de Guara. Iván Carmona Berriguete, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Aiera pidió luz.

Sevar, incapaz de crearla, llamó a Lumina

Lumina, la Preceptora de las Estrellas

Lumina, la preceptora de estrellas. IA. Archivo propio

Descendió una noche de San Juan. Tomó un puñado de polvo brillante del cielo y lo esparció sobre las cumbres. Así nacieron las calizas blancas, luminosas, capaces de guardar el amanecer como un secreto antiguo.

Lluvia de estrellas.Perseidas. Brocken Inaglory, CC BY-SA 3.0, via wikimedia commons

Cuando todo estuvo hecho —las alturas, los barrancos, las cuevas y la luz—, Aiera abrazó a Sevar.

El viento y la roca se unieron.

El beso junto al Mascún cerca de Rodellar. Sierra de Guara. Pedro José Ponce Asensio - Own work, CC BY 4.0 via wikimedia commons

Así nació Guara: un pacto antiguo entre el viento y la piedra, entre el movimiento y la quietud, entre el deseo y la paciencia.

Los pastores dicen que, si te sientas en silencio en la cresta de Sevil al caer la tarde, aún puedes oír a Aiera deslizarse entre los pinos, y sentir bajo tus pies el latido profundo de Sevar.

Bosque de Sevil. Sierra de Guara. Miguel Palacios. Archivo propio

Porque Guara no es solo una montaña. Es una historia que sigue respirando.

Guara mágica, un territorio que sigue generando relatos

Esta leyenda no pretende sustituir las historias tradicionales del Somontano —los gigantes de Nocito, las moras encantadas, el Salto de Roldán— sino dialogar con ellas.

Dolmen de la Losa Mora. Rodellar. Sierra de Guara. Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0,via wikimedia commons

Es una forma de mirar la sierra desde dentro, de devolverle la voz y de ofrecer a visitantes y lectores una puerta simbólica para comprenderla.

La Sierra de Guara no es solo un espacio natural; es un paisaje cultural.

Cada barranco, cada dolina y cada cresta guarda una historia, la de los pastores que cruzaban Sevil, la de los pueblos abandonados, la de los caminantes que buscan silencio, la de quienes trabajan por preservar la memoria de este territorio.

Sierra de Guvia wikimedia commonsara. Daniel Cabrero dACE, CC BY-SA 4.0,

Guara es roca, sí. Es agua, viento, silencio. Pero también es relato. Y cada generación tiene el privilegio de añadir uno nuevo.


3 comentarios

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Vicente
31 may
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Magnífico , José María Sanagustin.

Gracias

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Invitado
30 may
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Inmaculada Fumanal Villacampa

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Invitado
30 may
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Tierra mágica. Preciosa leyenda.

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