Castillos. Una frontera de piedra y fuego
- T. Delàs
- 27 feb
- 7 Min. de lectura
Febrero 2026
Durante la Edad Media, el Somontano era una frontera viva, un territorio disputado donde las sierras prepirenaicas marcaban el límite natural entre la Barbitania musulmana al sur y los condados cristianos del norte.

Los musulmanes ya en el siglo IX fueron los primeros en comprender la importancia estratégica de estas alturas, construyendo castillos, fortalezas y torres de vigilancia que les permitían controlar los valles, las rutas comerciales y anticipar cualquier movimiento de las tropas cristianas.
De ahí surgió una red defensiva extraordinariamente completa que se extendía por toda la comarca, desde Barbastro, su capital, hasta los confines más remotos de la Sierra de Guara.
Emplazamiento. Una Cuidada Estrategia
La función de los castillos no era uniforme.

Los castillos mayores o principales como Barbastro o Alquezar eran centros de decisión y defensa. Concentraban recursos, tropas y administración.

Los castillos secundarios como Los Santos o Bierge eran centros de vigilancia y aviso rápido, pensados para pensadas para alertar y guiar a los castillos mayores.

Las torres o fortines menores como Naya, Arraro o Radiquero eran atalayas para la observación de caminos y pasos o barrancos
Los castillos no estaban distribuidos al azar. Su ubicación obedecía a criterios estratégicos claros.

Por una parte cada castillo debía poder ver a sus vecinos, creando una cadena de aviso rápida.
Fuego de noche, y de día señales o de humo o reflejadas que permitían alertar en minutos sobre incursiones o movimientos enemigos.
Imaginemos una noche del siglo X, un vigía en Alquézar detecta movimiento de tropas cristianas. Enciende una hoguera en lo alto de la torre. El guardián de Azara, a varios kilómetros de distancia, ve la señal y replica el aviso. En cadena, la información viaja a través de Los Santos, Arraro, Sevil, hasta llegar a Barbastro, el corazón administrativo y militar de la región.

En segundo lugar constituían un dominio de pasos naturales, los caminos, barrancos y entradas a la Sierra de Guara eran vigilados desde castillos situados sobre peñas y alturas.
Eran además un escalón defensivo, solo los pocos castillos grandes como Alquezar o Barbastro resistían asedios prolongados, mientras que torres y fortines menores avisaban y retrasaban al enemigo.
La Reconquista Cristiana. Nuevos Centros de Poder
El equilibrio de poder comenzó a cambiar en el siglo XI. La reconquista cristiana avanzaba hacia el sur, y estos castillos musulmanes fueron cayendo uno tras otro en manos aragonesas. Los conquistadores no destruyeron estas fortificaciones; comprendieron su valor estratégico, las reutilizaron, reforzándolas y adaptándolas a sus propias necesidades defensivas.
La conquista definitiva de Barbastro en el año 1100 por Pedro I de Aragón marcó un punto de inflexión. Con la capital en manos cristianas, la frontera se desplazó más al sur, y muchos de estos castillos perdieron su función militar inmediata, aunque mantuvieron su importancia como centros de poder señorial y observatorios de un territorio que aún necesitaba vigilancia.
Un Recorrido por la Red
Castillos mayores
Barbastro. El corazón de la Barbitania
En el siglo IX, Jalaf ibn Rasid construyó el castillo y la zuda amurallada en el lugar más elevado de lo que hoy es el barrio del Entremuro, sobre un peñasco que anteriormente albergaba el castillo de Antansar.
Barbastro, capital del distrito de la Barbitania, fue el centro neurálgico de toda la red defensiva musulmana desde donde se coordinaba todo el territorio.
La ciudad fue objeto de varios intentos de conquista hasta que en 1100 cayó definitivamente en manos cristianas. Del antiguo castillo musulmán apenas quedan vestigios, integrados en el actual barrio del Entremuro, testimonio de aquella época de esplendor militar.
Alquézar, la Joya de la Corona

Si hay un castillo que ejemplifica la grandeza de esta estrategia ese es Alquézar. A principios del siglo IX, Jalaf ibn Rasid ordenó construir esta fortaleza en un emplazamiento casi inexpugnable, en lo alto de una roca rodeada de paredes verticales sobre el río Vero. El rey Sancho Ramírez reconquistó Alquézar en 1067 y confió al Abad Banzo la tarea de fortificarlo aún más, transformándolo en un bastión cristiano.
Con el tiempo, el castillo evolucionó hasta convertirse en el impresionante conjunto castillo-colegiata, con sus murallas almenadas, torreones y vistas espectaculares del cañón del Vero. Es el mejor conservado de toda la red y el único que permite hacerse una idea real de cómo eran estas fortalezas en su esplendor.
Castillos secundarios
Bierge y el Monte Cascallo

El conjunto urbano de Bierge se asentó originalmente sobre una colina conocida como Monte Cascallo, donde se asegura que hubo un castillo. Este fortín controlaba el acceso norte del Somontano y formaba parte del sistema de vigilancia que protegía las rutas hacia la Sierra de Guara. Aunque del castillo apenas quedan evidencias, su ubicación estratégica revela la importancia que tuvo en la red defensiva medieval.
Los Santos. El Vigía de la Sierra de Sevil

El castillo de Los Santos es uno de los más fascinantes y menos conocidos de la red. Situado en un espolón de roca caliza en plena Sierra de Sevil, de muy difícil acceso, se trata de un conjunto religioso-militar único. Su construcción pudo ser posterior a 1055, y desde su posición formaba un triángulo de observación con los desaparecidos fortines de Naya y Arraro.
El castillo se compone de una torre de planta cuadrada construida con sillería en sus primeros metros y sillarejo en altura, con puerta de acceso bajo un arco de medio punto que data del siglo XI. Poco después se adosó una iglesia románica con ábside semicircular. Hoy, Los Santos es un lugar enriscado y poco conocido, pero sus ruinas conservan el eco de aquellos tiempos de vigilancia constante.
Adahuesca. El Palacio Fortaleza

En Adahuesca existía un palacio fortificado integrado en el casco urbano que en su día tuvo gran importancia para frenar el avance desde el norte del territorio. Con la reconquista, perdió su valor militar. Hoy, la actual Iglesia de San Pedro ocupa el lugar donde se alzaba el castillo, aprovechando parte de su sillería.
Castillazuelo. El Testigo del Olvido

Situado en lo alto del cerro que domina la localidad actual, era el último gran control antes de Barbastro. Se conservan lienzos de muralla y la base de una torre de planta rectangular. Es un lugar excelente para entender el sistema de comunicación, ya que desde sus ruinas se divisan otros puntos defensivos de la red.
Azara. El Castillo Aéreo de Santa Margarita

El nombre Azara proviene de ‘peña’ en árabe En lo alto de un puntón de arenisca, en el lugar conocido como Peña de Santa Margarita, existió una fortaleza musulmana que controlaba visualmente un amplio territorio. Aunque las construcciones de madera han desaparecido hace siglos, aún se conservan evidencias fascinantes: entallamientos para sillares, fragmentos de muro, cortes en la piedra y, especialmente, un gran aljibe excavado en la roca que servía para almacenar agua durante los asedios.
Torres de Vigilancia
Arraro. El Observatorio de Guara

Arraro fue una aldea levantada al pie de Guara, en un paraje hecho para la observación de un amplio espacio del Somontano. Un redondeado puntal rocoso favorecía la instalación de una pequeña construcción militar y, a sus pies, unas viviendas y un templo. La ermita románica de la Virgen de Arraro, de finales del siglo XI, fue parroquial de este pequeño reducto medieval, una plaza fortificada a la sombra del castillo.
Desde su privilegiada posición se domina buena parte del Somontano, y lo más notable es que tenía comunicación visual con los castillos de Santa Eulalia la Mayor, Los Santos y Azara.
Naya. El Fortín Desaparecido

Del castillo de Naya, en Rodellar, solo queda la roca sobre la que se levantaba, sin conservarse ningún vestigio visible del mismo. Este fortín enlazaba con otros sistemas defensivos como el de Arraro y Surta, formando parte de la cadena de comunicación visual. Quedan tan solo restos excavados en el gran escarpe rocoso donde se asentaba. A pesar de haber desaparecido casi por completo, está declarado Bien de Interés Cultural, reconocimiento de su importancia histórica en la red defensiva medieval.
Colungo. Origen Medieval en el Vero

Era una fortaleza menor, ligada al control de acceso al Vero medio y vigilancia de caminos locales. Quedan algunos restos visibles aunque limitados
Sevil. El Pueblo Perdido en la Sierra
Sevil fue un poblado situado en plena Sierra de Sevil, hoy despoblado, que contaba con su propia estructura defensiva. Los habitantes abandonaron gradualmente esta aldea de montaña, y hoy solo quedan vestigios de lo que fue un punto de vigilancia en las alturas, relacionado con el cercano Castillo de Los Santos. El Mesón de Sevil es lo único que permanece como testimonio de aquel asentamiento.
Radiquero. La Torre de Vigilancia

Se cree que existió una torre de vigilancia asociada al primer poblamiento medieval. Controlaba el acceso desde el Somontano y los caminos hacia Alquézar y Sevil. No quedan restos visibles. Posiblemente estaba ubicada en una elevación cercana al pueblo, no dentro del casco actual.
Abiego. El Castillo Desaparecido
Abiego deriva su nombre del castillo musulmán Al-Byego que dominaba esta parte de la Barbitania.
Queda solo los restos de una construcción fortificada, probablemente perteneciente a una torre vigía que pudo formar parte del castillo ya desaparecido aunque también pudo servir para vigilancia del río. En la actualidad sólo se aprecian algunos restos de muros en superficie.
Azlor. La Fortaleza sobre la Piedra

Azlor ocupaba una posición estratégica que tenía por misión vigilar y defender el valle de Alfege de las invasiones que venían por el norte. Existió una fortaleza, ubicada sobre una gran piedra que sirvió de torre de vigilancia y de refugio a los habitantes del pueblo en caso de ataques enemigos. Actualmente, allí se asienta el campanario de la iglesia, y perduran las huellas del viejo castillo.
Huerta de Vero. La Ribera del Rio
Pequeña fortificación secundaria; probablemente controlaba caminos y barrancos cercanos. Quedan algunos vestigios parciales
El Legado de los Guardianes de Piedra
Hoy, cuando recorremos el Somontano, podemos trazar mentalmente las líneas que conectaban estos castillos. Desde Alquezar, nuestra mirada puede viajar por las mismas rutas que seguían las señales de fuego hace mil años. Desde Los Santos se podía divisar Arraro, desde Arraro se comunicaban con Santa Eulalia y Montearagón. Era una red completa, pensada, estratégica.

Los guardianes de piedra vieron pasar ejércitos, caravanas de mercaderes, peregrinos y conquistadores. Fueron testigos del cambio de una época a otra, de la transformación de Al-Andalus en reinos cristianos. Visitar estos lugares hoy, aunque sea solo sus restos o los espacios donde estuvieron, es conectar con una historia que va mucho más allá de batallas y conquistas.
Es tocar la piedra que tocaron manos musulmanas y cristianas, caminar por senderos que fueron cruciales en la historia de la Península Ibérica y comprender que el Somontano fue, durante siglos, mucho más que una comarca, fue una frontera entre mundos, un lugar donde se escribió la historia de España piedra a piedra, castillo a castillo, señal de fuego tras señal de fuego.




" Castillos. Una frontera de piedra y fuego" es un excepcional recorrido por nuestra historia y patrimonio.
Un relato muy interesante