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El treparriscos, el pajaro mariposa de las rocas de Guara

Actualizado: 2 ene

Diciembre 2025

En el teatro helado y vertiginoso de las altas cumbres, donde solo los escaladores más audaces se atreven a ascender, vive un ave que desafía la gravedad, el treparriscos (Tichodroma muraria).

El pequeño y enigmatico treparriscos, tesoro de las montañas de Guara. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Este pequeño y enigmático habitante de los acantilados rocosos es una de las joyas más codiciadas por los ornitólogos y montañeros. Aunque muchos nunca han oído hablar de él, quienes lo han visto en libertad difícilmente olvidan la experiencia, un pequeño pájaro gris que, al abrir las alas, despliega, con gracia de mariposa, un abanico rojo carmesí que parece pintado a mano.

Una obra de arte alada

Es un ave pequeña, mide unos 15–17 cm., pesa unos 18 g. y a primera vista puede parecer discreto, su plumaje general es gris ceniza, con la cabeza y el dorso uniformes lo que le permite camuflarse perfectamente sobre la roca.

Su rasgo más distintivo es el plumaje alar. Las plumas coberteras primarias lucen un llamativo color rojo intenso o carmesí, salpicado de motas blancas circulares sobre un fondo negro.

 Treparriscos posado en posicion casi vertical. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Cuando está posado, el color se esconde, pero en vuelo, un repentino estallido de rojo lo hace inconfundible, parece una “mariposa alada” entre las rocas.

Su pico es largo, fino y ligeramente curvado, perfecto para extraer insectos de minúsculas grietas. Sus patas y uñas son inusualmente largas y robustas, una adaptación crucial para agarrarse y escalar superficies verticales sin necesidad de la cola.

La belleza de las alas del treparriscos lo asemeja a una mariposa, Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Los sexos son muy similares, los machos presentan una garganta más oscura durante la temporada de cría, mientras que las hembras mantienen tonos más apagados.


Comportamiento, un acróbata de la roca

El treparriscos es un ejemplo de especialización ecológica con una vida secreta, acrobática y solitaria en los límites del cielo.

Su comportamiento está totalmente condicionado por su hábitat rupícola extremo. Es el ave que mejor se mueve en superficies verticales, de aquí su nombre en distintos idiomas: treparriscos, pela-roques, harkaitz txoria , wallcreeper, mauerläufer, picchio muraiolo, trepadeira-dos-muros,

El vuelo del treparriscos muestra sus alas en esplendor, Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Su vuelo es ondulante y errático, con aleteos rápidos intercalados con planeos cortos. A menudo vuela de forma mariposeante, especialmente cerca de las paredes rocosas donde busca alimento. En ellas, en lugar de volar directamente, se desplaza en una serie de saltos, aleteos cortos y carreras verticales, a veces en una posición casi horizontal. Cuando trepa por las rocas, despliega constantemente sus alas, mostrando ese característico rojo intenso que funciona tanto para la comunicación como posiblemente para espantar a los insectos de las grietas. Nunca desciende al suelo, salvo por accidente o necesidad de cruzar un obstáculo llano. 

El pico del treparriscos está adaptado para la captura de insectos y artropodos en las hendiduras, Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Su estilo de búsqueda de alimento es metódico. Se aferra a paredes en las que pocas aves podrían moverse y explora cada hueco y grieta con su pico largo, extrayendo artrópodos o pequeños insectos. Puede pasar horas explorando el mismo paño de roca, ascendiendo lenta y exhaustivamente. Durante el invierno, cuando los insectos escasean, puede complementar su dieta con semillas.

El treparriscos puede posarse en posicion casi horizontal reapecto al muro. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Generalmente solitario o en pareja, nunca se le observa formando grandes grupos. Los adultos son muy territoriales, manteniendo vastas áreas de paredón de roca.

Son generalmente silenciosos, aunque su canto, que se hace más evidente al comienzo de la primavera, es sorprendentemente suave y agudo, casi un susurro que pasa desapercibido entre el ruido del viento en las montañas.

 

Reproducción, la vida en los abismos

La reproducción del treparriscos es tan discreta como su vida, y tiene lugar en los entornos más inaccesibles en zonas de alta montaña, generalmente por encima de los 1.500–2.000 metros.

las alas del treparriscos es un despliegue de colores carmesí. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

La temporada de cría comienza entre abril y mayo. Elige grietas, huecos profundos o cavidades naturales en las paredes verticales para colocar el nido, que suele ser una estructura compacta de musgo, líquenes, lana y plumas. La inaccesibilidad de los nidos es una de sus mejores estrategias de supervivencia. La puesta consiste habitualmente en 3 a 5 huevos blancos con pequeñas motas grises o pardas. La incubación dura aproximadamente 18 a 20 días y es realizada principalmente por la hembra, aunque el macho colabora en la alimentación de los pollos y mantiene una discreta vigilancia.

Treparriscos cuidando a su cria. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Los polluelos permanecen en el nido durante unos 28 a 30 días, siendo alimentados por ambos progenitores con insectos y arañas. Tras el primer vuelo, los jóvenes continúan dependiendo de los adultos durante algunas semanas más, hasta que están preparados para abandonar la cavidad y empezar a moverse por las paredes cercanas

A los pocos días de abandonar el nido ya trepan como adultos. Su supervivencia depende en gran parte de aprender rápido a moverse por paredes difíciles.


Hábitat y migraciones, de la cima al barranco

el treparriscos es una especie esencialmente rupicola. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Es una especie paleomontana, es decir propia de las regiones alpinas y de alta montaña de la región paleártica. Su área de distribución se extiende a lo largo de las principales cadenas montañosas del sur y centro de Eurasia, incluyendo Pirineos, Alpes, Cárpatos, Cáucaso y Himalaya.

En Europa occidental mantiene poblaciones reproductoras en cordilleras como Pirineos, Alpes y la cordillera Cantábrica, mientras que en invierno puede dispersarse hacia zonas más bajas de Francia, Italia, Suiza, España o los Balcanes. Esta especialización rupícola condiciona fuertemente su distribución: no se adapta bien a paisajes muy transformados si no existen estructuras rocosas extensas y bien conservadas. En Europa se estima una población de varios decenas de miles, pero muy fragmentada y con núcleos pequeños, mientras que, en España, se calcula que habitan del orden de 1.200–1.800 individuos reproductores.


Treparriscos en un acantilado. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Su hábitat natural son los acantilados, paredes rocosas y cortados de alta montaña, generalmente entre 1.000 y 3.000 metros de altitud, aunque puede encontrarse incluso por encima de los 4.000 metros en algunas áreas. Se han observado treparriscos a más de 6.000 metros de altura en el Himalaya, lo que lo convierte en una de las aves que viven a mayor altitud del planeta.

Durante la época de cría prefiere los macizos montañosos por encima de los 1.500 metros, con grandes formaciones rocosas y abundantes grietas y fisuras donde anidar y alimentarse. En invierno desciende a cotas más bajas y puede observarse en construcciones humanas como castillos, iglesias antiguas, puentes de piedra y canteras abandonadas.

el treparriscos se refugia en edificios antiguos o castillos. Pierre-Marie Epiney, CC BY-SA 2.0, via Creative Commons

Tiene predilección por edificios góticos antiguos, especialmente catedrales y castillos medievales. Hay registros históricos de treparriscos invernando en Notre Dame de París, en castillos alpinos o en el castillo de Montjuïc en Barcelona, buscando muros y fisuras similares a los de su hogar en las cumbres.


El treparriscos en Guara

La Sierra de Guara, con su espectacular red de cañones y paredes de roca caliza, es un hábitat invernal fundamental y, en menor medida, de cría. Sus profundos cañones calcáreos, como los del Vero, Mascún o Guatizalema, ofrecen paredes verticales, un microclima relativamente benigno en invierno, y el alimento necesario para sobrevivir a los meses fríos lo que convierte a Guara en un área clave como refugio invernal.

el treparriscos encuentra en Guara un refugio invernal idoneo. thibaudaronson, CC BY-SA 4.0, via Creative Commons

Es, por otra parte, uno de los mejores lugares del Prepirineo para observar treparriscos, especialmente entre noviembre y marzo.

Las principales zona de observación son

Cañón del Vero y alrededores de Alquézar, donde se ven con frecuencia en días soleados.

Mascún y el entorno de Rodellar, uno de los puntos más habituales.

Barranco de Balced y paredes cercanas.

Oscuros de Balced y Lecina.

Suele moverse en muros soleados, mostrando sus alas rojizas al abrirlas repetidamente mientras busca insectos.

Amenazas y conservación

treparriscos en reposo. Charles J. Sharp, CC BY-SA 4.0, via Creative Commons

Aunque el treparriscos no se considera globalmente amenazado, se enfrenta diversos desafíos, principalmente el calentamiento global está provocando cambios en la disponibilidad de insectos y modificaciones en los patrones de nieve y la perturbación humana en zonas de cría.

Está catalogado como "De Interés Especial" en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas de España, lo que garantiza su protección legal

Las principales líneas de conservación incluyen la protección de zonas de cría y regulación de actividades deportivas., la conservación de ecosistemas de alta montaña, el seguimiento poblacional mediante censos y la sensibilización pública.

Fue nombrado Ave del Año 2025 en España para destacar su vulnerabilidad.


Símbolo de las paredes rocosas

El treparriscos es una de las aves más singulares y cautivadoras de las montañas europeas. Su bella presencia, discreta pero constante, en los cortados y paredones calizos de la Sierra de Guara lo convierte en un auténtico tesoro ornitológico, un auténtico símbolo de los grandes paredones rocosos. Conservarlo implica proteger no solo a una especie, sino a todo un mundo de roca, silencio y biodiversidad que define nuestras montañas.

 la belleza de las alas del treparriscos. Charles J. Sharp, CC BY-SA 4.0 via Creative Commons

Si tienes la suerte de observar un treparriscos recuerda la fragilidad y belleza que se esconde en los rincones más inaccesibles de nuestro planeta, y de la importancia de proteger los ecosistemas de alta montaña. De esta forma, el “pájaro mariposa” de las rocas podrá seguir siendo un emblema vivo de los paisajes verticales de Europa y un indicador de la buena salud de

nuestras sierras.


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