Rad Icarium, donde las raíces hablan
- T. Delàs
- hace 5 días
- 4 Min. de lectura
Abril 2026
El nombre que brotó de la tierra
Dicen que los nombres verdaderos no se inventan: se encuentran.

Mucho antes de que Radiquero fuera un puñado de casas abrazadas por almendros, olivos y viñedos, los romanos ya habían mirado estas laderas y habían pronunciado un nombre que aún hoy parece brotar de la tierra: Rad Icarium. Lugar de raíces.
No es casualidad: aquí las raíces —las de los árboles, las de las familias, las de la historia— siempre han tenido una fuerza especial. Cuando decidimos devolver la vida a la casa familiar de los Lascorz, ese nombre regresó como quien vuelve a casa después de siglos. Y supimos que no podía ser otro.
Infanzones, un linaje ligado a la tierra
En Aragón, la historia no siempre se escribe en pergaminos: a veces se escribe en la forma de vivir. La familia que habita esta casa perteneció a la infanzonía aragonesa, un estamento histórico que no se medía por títulos, sino por servicio, lealtad y defensa del territorio y un profundo arraigo a la tierra.
Los infanzones eran gente del territorio: guardianes de caminos, defensores de valles, custodios de memoria. Su identidad se transmitía de generación en generación, y su memoria sigue viva en Radiquero, en Alquézar y en los valles que rodean la Sierra de Guara. Su linaje no buscaba brillo, sino raíz.
Y esa raíz sigue aquí, en cada piedra que sostiene la casa.
El escudo que viajó con la familia
En la fachada de Rad Icarium hay un escudo de 1649, hoy Bien de Interés Cultural.

Pero su historia no empieza aquí. Durante siglos estuvo en la antigua Casa Lascorz, en Los Meleses, el barrio alto de Radiquero.
Cuando la familia decidió construir una nueva casa junto al camino real, más práctica para la vida del campo, el escudo bajó con ellos. Lo descolgaron de la piedra vieja y lo llevaron a la nueva fachada como quien traslada un corazón.
Desde entonces, vigila este hogar renacido. Un guardián que cambió de casa, pero no de misión.
Un brazo con espada que habla de defensa. Unas puertas rastrilladas que hablan de hogar. Un casco empenachado que habla de dignidad. Unas garras que hablan de fuerza. Y un silencio de casi cuatro siglos que lo envuelve todo.
Ese escudo ha visto pasar guerras, cosechas, inviernos duros, risas de niños, noches de tormenta y días de fiesta. Ha visto marchar y volver. Ha visto caer la casa en silencio y levantarse de nuevo.
Si quieres conocer su historia completa, puedes leerla aquí. El escudo de los Lascorz
La casa que fue mundo
Hubo un tiempo en que esta casa era un universo entero. Aquí se amasaba pan al amanecer, se criaban niños, se guardaban los aperos como quien guarda tesoros y se contaban historias junto al fuego mientras afuera la noche se hacía larga.

La vida campesina no tenía prisa. Tenía peso. Tenía verdad.
Y la casa la guardaba toda.
La historia de la casa está aquí. Historia de la casa Lascorz (siglo XX)
Doña Antonia, la luz que no se apagó
Entre todas las voces que habitaron estas paredes, hay una que sigue resonando con fuerza: la de Doña Antonia.

Una mujer de carácter firme, mirada clara y una capacidad infinita para sostener a los suyos. Vivió tiempos difíciles, cuidó la casa cuando el mundo se tambaleaba y mantuvo encendida la llama familiar cuando muchos hogares del Somontano se vaciaban.
Ella fue raíz, refugio, brújula. La casa respiraba a través de ella.
Su historia es la historia de tantas mujeres rurales: las que no salen en los libros, pero sin las cuales los pueblos no existirían.
Su historia está aquí: Doña Antonia
El tío Joaquín, memoria del pueblo

Y luego está el tío Joaquín, trabajador, generoso, siempre dispuesto a ayudar. No era solo un habitante de la casa, sino un pedazo vivo de Radiquero. Su vida está hecha de pequeñas historias que hoy son patrimonio del pueblo: las vendimias, los animales, las bromas, los días de campo, las conversaciones al fresco.
Hay personas que, sin saberlo, sostienen un lugar. Él fue una de ellas.
Su retrato está aquí: Tío Joaquín
El silencio que también es historia
Como tantas casas rurales, esta también conoció el silencio. Los hijos se marcharon, el campo cambió, la vida se transformó. Durante años, la casa permaneció en pie, quieta, esperando

Pero incluso en ese silencio, algo seguía latiendo: el escudo vigilante, las raíces romanas, la memoria campesina, los pasos de quienes la habitaron.
La casa no estaba vacía. Estaba esperando.
La restauración: volver a encender la casa
Cuando llegó el momento de restaurarla, lo hicimos con una certeza: no queríamos borrar nada.

Cada piedra se limpió con respeto. Cada viga se conservó cuando fue posible. Cada estancia se pensó para que la luz entrara sin borrar la historia. El escudo se protegió. La esencia se mantuvo.
No buscábamos una casa nueva. Buscábamos una casa que volviera a respirar.
Y lo hizo.
Hoy, un lugar donde las raíces siguen vivas

Hoy, Rad Icarium es un refugio donde conviven:
el nombre romano que lo vio nacer
el linaje infanzón que lo sostuvo
el escudo que lo protegió
la vida campesina que lo llenó de historias
la restauración que lo despertó
y la calma de la Sierra de Guara que lo envuelve todo
Aquí, cada visitante entra en una historia que empezó hace siglos y que sigue escribiéndose, suave, entre viñedos, almendros, olivos y cielos limpios.
Aquí, las raíces no son pasado. Son hogar.




Muy linda historia, emotiva; y el lugar es hermoso. Yo estuve hospedado allí. Excelente servicio y atención, como en mi casa.... los alrededores muy atractivos, mucha historia.... su gente muy amables... lo recomiendo