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La huella árabe en el Somontano, el legado que cambió nuestra tierra para siempre

Julio 2026

Desde el año 714 hasta finales del siglo XI, el Somontano fue la vibrante y estratégica frontera norte de al-Ándalus (la Marca Superior), donde se mezclaban culturas, lenguas, religiones e intereses políticos y que transformó la geografía, la economía y la cultura de nuestra tierra para siempre.

Torre del castillo colegiata de Alquezar sobre el rio Vero. Sierra de Guara. Anna Carranza. Archivo propio

Fue un territorio marcado por castillos y fortalezas, pero también por el trabajo de agricultores, artesanos y comerciantes que siguieron cultivando la tierra mientras los grandes acontecimientos de la historia se sucedían a su alrededor.

Hoy levantamos la alfombra del tiempo para descubrir los grandes legados árabes han marcado nuestra historia y conformado quienes que somos ahora

La llegada, un territorio que se convierte en frontera

La llegada de los musulmanes al Somontano no fue el fruto de un largo asedio, sino de una campaña militar fulminante.

Jinetes árabes en el campo de batalla. Théodore Chassériau, Public domain, via Wikimedia Commons

En el año 714, apenas tres años después de haber cruzado el estrecho de Gibraltar y derrotado al reino visigodo en la batalla de Guadalete, las tropas del general Musa ibn Nusayr (Muza) remontaron el valle del Ebro y tomaron Zaragoza. Desde allí, un destacamento se dirigió hacia las faldas del Pirineo para asegurar el territorio.

A mediados del siglo VIII, el territorio no era una tierra vacía esperando nuevos señores, sino un mosaico de aldeas cristianas, pequeñas fortificaciones y campos cultivados que miraban hacia el Ebro y hacia los montes de Guara.

No hubo grandes baños de sangre ni una resistencia heroica. Los nuevos gobernantes no entraron como una fuerza devastadora, sino como administradores que buscaban asegurar rutas, controlar valles y aprovechar la fertilidad de un territorio que, para ellos, era una oportunidad.

La llegada de los árabes al Somontano. Eugen Bracht, Public domain via wikimedia commons

La mayoría de los aristócratas locales y los campesinos prefirieron pactar. A cambio de someterse a la autoridad del Califato y pagar un impuesto, los habitantes del Somontano pudieron conservar sus tierras, sus bienes y, en un principio, su religión cristiana.

La población hispanovisigoda permaneció en sus pueblos, cultivando las mismas tierras que habían trabajado durante generaciones. Cambió el gobierno, pero la vida cotidiana continuó con relativa normalidad.

Con los años, parte de esta población local se fue islamizando (los llamados muladíes), fundiéndose con los recién llegados.

La Barbitania: el distrito del Somontano

Durante la dominación musulmana, el Somontano formó parte de la Barbitania, un distrito administrativo de la Marca Superior de al-Ándalus. No era solo una región periférica, al contrario, era un territorio estratégico entre el mundo islámico y los pequeños condados cristianos que comenzaban a consolidarse al norte de las montañas.

Campos del Somontano. Malkav, CC BY 2.0,  via wikimedia commons

Controlaba los accesos hacia los valles prepirenaicos, permitía vigilar las rutas entre el Ebro y los núcleos cristianos de Sobrarbe y Ribagorza y ofrecía tierras fértiles y agua, ideales para la agricultura de regadío que los andalusíes dominaban.

Barbastro: ciudad viva, ciudad disputada

Barbastro era su capital. Fue el corazón andalusí del Somontano. Bajo el califato, la ciudad prosperó como centro administrativo y comercial. Desde allí se administraban impuestos, se organizaba la defensa del territorio y se mantenían las comunicaciones con Huesca, Zaragoza y Lérida.

Su alcazaba, situada en la parte alta, en lo que hoy es la peña del Sepulcro, controlaba el valle y las rutas hacia el Ebro y los Pirineos.

Restos de la muralla árabe de Barbastro. Jesus Abizanda from Barbastro, Huesca, Spain, CC BY 2.0 via wikimedia commons

Sus murallas de sillería, reforzadas en época de Jalaf ibn Rāšid, protegían un entramado urbano donde convivían artesanos, agricultores, comerciantes y soldados. La ciudad era un punto de intercambio, cerámica, tejidos, aceite, trigo y ganado circulaban entre musulmanes y cristianos, incluso en tiempos de tensión.

La vida cotidiana, agua, tierra y comunidad

Aunque las crónicas medievales hablan sobre todo de batallas y gobernantes, la inmensa mayoría de la población nunca empuñó una espada.

Tareas del campo en la Edad Media. Gilles de Rome, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

La vida cotidiana no era la de una guerra permanente, sino la de comunidades que se organizaban en torno a la agricultura, el pastoreo y el pequeño comercio, protegidas por una red de castillos y atalayas que jalonaban los altos del Somontano y la Sierra de Guara

La vida en el Somontano andalusí era sorprendentemente plural. En las alquerías, pequeñas comunidades agrícolas, convivían musulmanes, cristianos mozárabes y muladíes. Las diferencias religiosas existían, pero no impedían la cooperación en aquello que realmente sostenía la vida, el agua, la tierra y el comercio.

Las alquerías eran comunidades cohesionadas: se repartía el agua según turnos, se limpiaban las acequias de forma colectiva y se celebraban mercados donde se mezclaban lenguas y costumbres.

Las casas, construidas en adobe y tapial, se organizaban en torno a un patio interior donde se cocinaba, se conversaba y se realizaban las tareas domésticas. Las mujeres, tanto musulmanas como cristianas, compartían técnicas de tejido, recetas y remedios. Los hombres se reunían en los pequeños mercados locales, donde se intercambiaban cereales, aceite, cerámica y herramientas.

Paisaje del Somontano. Jesus Abizanda from Barbastro, Huesca, Spain, CC BY 2.0 via wikimedia commons

Se cultivaban cereales, viñas, olivos y pequeños huertos próximos a los cursos de agua.

La ganadería continuó teniendo un papel importante, especialmente en las zonas de sierra.

Los musulmanes introdujeron nuevos conocimientos agrícolas, especialmente relacionados con el aprovechamiento del agua

La artesanía, el comercio y los mercados permitían intercambiar productos entre el valle del Ebro y los Pirineos.

La revolución del agua. El milagro de las huertas

Si el Somontano es hoy una tierra agrícola rica, se lo debemos en gran parte a los ingenieros andalusíes. Ellos transformaron un secano árido en un vergel aprovechando el Vero y el Cinca con tecnologías revolucionarias para la época:

Molino hidráulico. Uno de los avance que introdujeron los árabes en el Somontano. MottaW, CC BY 4.0, via Wikimedia Commons
  • Sistemas de regadío: Diseñaron complejas redes de acequias que distribuían el agua de los ríos de forma milimétrica.

  • Construcciones hidráulicas: Construyeron acequias, aljibes, molinos hidráulicos, bancales, presas (azudes, del árabe as-sud) para desviar el agua y norias para elevarla a los campos más altos.

  • Transformaron el paisaje: Introdujeron árboles frutales (como los almendros y los cítricos) y hortalizas, además de expandir el cultivo del olivo. El sistema de huertas de Barbastro, Burceat, Cregenzán o Castillazuelo es, en su raíz estructural, un invento andalusí y aún hoy conservan ese trazado medieval que habla de una ingeniería agrícola avanzada.

    Almendrerales en flor en el Somontano. Archivo propio

Gracias a ellos, el Somontano vio florecer cultivos que hoy nos resultan imprescindibles y llenó sus despensas de árboles frutales, hortalizas y nuevos sistemas de explotación que los cristianos mantuvieron intactos tras la conquista.

Los califas y las fortalezas, poder en piedra

Las grandes construcciones andalusíes del Somontano no fueron obra de improvisación, sino de una política clara, reforzar la frontera. Durante el siglo IX y X, los gobernadores de la Marca Superior, bajo el amparo de los califas de Córdoba, impulsaron la creación de una red defensiva extraordinariamente completa que se extendía por toda la comarca, desde Barbastro, su capital, hasta los confines más remotos de la Sierra de Guara.

Castillo-colegiata de Santa Maria de Alquezar.Otro de los legados árabes en el Somontano. LSanzSal, CC BY-SA 3.0 ES via wikimedia commons

Los castillos no estaban distribuidos al azar. Su ubicación obedecía a criterios estratégicos claros. Por una parte cada castillo debía poder ver a sus vecinos, creando una cadena de aviso rápida. Fuego de noche, y de día señales o de humo o reflejadas que permitían alertar en minutos sobre incursiones o movimientos enemigos.

Había tres clases de castillos

Los castillos mayores o principales como Barbastro o Alquezar eran centros de decisión y defensa. Concentraban recursos, tropas y administración.

Los castillos secundarios como Los Santos o Bierge eran centros de vigilancia y aviso rápido, pensados para alertar y apoyar a los castillos mayores.

Torre del Castillo de los Santos. Sierra de Guara. Romanico Digital

Las torres o fortines menores como Naya, Arraro o Radiquero eran atalayas para la observación de caminos y pasos o barrancos

Si te interesa conocer mas sobre los castillos lee ‘Castillos. Una frontera de piedra y fuego’.

Alquézar: el castillo que nació como al‑qasr

Colegiata de Santa Maria de Alquezar construida sobre la fortaleza árabe dominando el cañon del Vero. Sierra de Guara, LSanzSal, CC BY-SA 3.0 ES via wikimedia commons

El castillo de Alquézar, cuyo nombre procede del árabe al‑qasr ,“el castillo”, fue levantado en el siglo IX como fortaleza avanzada de la Marca Superior. Su posición, dominando el cañón del Vero, lo convertía en un punto ideal para vigilar incursiones cristianas procedentes del Sobrarbe.

Durante el reinado de ʿAbd al‑Raḥmān III, el castillo adquirió mayor importancia estratégica. Los gobernadores locales, entre ellos Jalaf ibn Rāšid, lo integraron en la red defensiva que protegía Barbastro y las alquerías del entorno. Aunque la estructura que hoy vemos es fruto de reformas cristianas posteriores, la base del castillo —su emplazamiento, su lógica defensiva, su trazado inicial— es plenamente andalusí.

Las escaramuzas: golpes rápidos en una frontera inquieta

La convivencia interna no impedía que el Somontano fuera escenario de escaramuzas constantes.

Caballeros cristianos atacando un castillo. Helen Kendrik  Public domain, via Wikimedia Commons

En otoño los jóvenes y belicosos reinos cristianos de Sobrarbe, Ribagorza y Aragón realizaban incursiones rápidas: ataques a torres, capturas de ganado, incendios de campos. Los musulmanes respondían con igual rapidez, en primavera realizaban ataques al norte para saquear y frenar el avance.

Incursiones árabes. Unknown author, Public domain, via wikimedia commons

No eran guerras totales, sino golpes de mano, tensiones que marcaban el ritmo de la frontera. Solo en momentos concretos, como la cruzada de Barbastro en 1064, la violencia alcanzó niveles devastadores. Aquel episodio, que bien merece otra entrada en el blog, impulsado por fuerzas cristianas europeas, dejó la ciudad arrasada y debilitó gravemente la defensa andalusí.

El final de la dominación

El equilibrio de la frontera se rompió progresivamente a partir del siglo XI, cuando el debilitamiento de Córdoba dio paso a las taifas —Barbastro y Alquézar quedaron bajo la órbita de la Taifa de Zaragoza— y los reinos cristianos pirenaicos, ya consolidados, empezaron a presionar hacia el sur.

En 1064 Barbastro fue conquistada por un ejército formado por contingentes llegados de distintos lugares de Europa. Sin embargo, la ciudad volvió poco después al dominio musulmán.

Caballero cristiano al ataque. National Reconnaissance Office, Public domain, undefined via wikimedia commons

Pero el ímpetu cristiano no se detuvo. Poco después de perder Barbastro, Sancho Ramírez, ya rey de Aragón, consiguió tomar Alquézar, probablemente en 1065 o, según otras fuentes, en 1067. La fortaleza pasó a llamarse Castrum Alqueçaris y se convirtió en base clave para las siguientes campañas aragonesas contra Barbastro y Huesca, apoyada por otras plazas fronterizas como Loarre y Marcuello.

La caída de Alquézar en manos cristianas marcó, en la práctica, el principio del fin de la presencia andalusí estable en el Somontano. Barbastro, tras siglos de disputa, terminaría integrándose definitivamente en el Reino de Aragón hacia 1100, ya bajo Pedro I, hijo de Sancho Ramírez, cerrando un ciclo de casi cuatrocientos años de dominio y disputa islámica sobre la comarca. 

Con ello desapareció definitivamente la Barbitania musulmana y el Somontano pasó a integrarse en el reino de Aragón.

¿Qué ocurrió con la población musulmana?

La conquista no significó un reemplazo inmediato de la población.

Muchos musulmanes permanecieron viviendo en sus pueblos como mudéjares, conservando inicialmente su religión, sus costumbres y sus formas de cultivo a cambio del pago de determinados impuestos.

Con el paso de los siglos algunos se convirtieron al cristianismo y otros abandonaron el territorio.

Por ello, la herencia andalusí no desapareció de un día para otro, sino que continuó formando parte de la vida cotidiana durante generaciones.

Las huellas que todavía permanecen

La historia de los árabes en el Somontano no es solo una historia de conquista y frontera: es la historia de cómo un territorio se transformó, cómo sus gentes convivieron y cómo un legado silencioso sigue vivo en cada bancal, cada canal y cada piedra.

Acequia, otro de los  legados árabes en el Somontano. Vicenç Salvador Torres Guerola, CC BY-SA 3.0 via wikimedia commons

Aunque muchas estructuras andalusíes fueron reformadas por los cristianos, el Somontano conserva huellas claras: acequias medievales aún en uso, molinos hidráulicos con origen andalusí, restos de aljibes y canalizaciones, determinadas técnicas agrícolas, el emplazamiento de castillos y la organización de ciertos núcleos de población y toponimia y palabras cotidianas de origen árabe: acequía, aljibe, almendra, Alquézar, Almunia, Alberuela, Guatizalema, …

Aljibe. Pieza fundamental en la organización del agua introducida por los árabes en el Somontano

Lo perdido —baños, viviendas, parte de las murallas— se intuye en el urbanismo y en la arqueología, que revela cerámicas, silos y estructuras domésticas de época andalusí.

Incluso muchos caminos actuales siguen aprovechando antiguos itinerarios utilizados durante la Edad Media.

Cuando contemplamos el cañón del Vero desde la colegiata de Alquézar, la vista apenas ha cambiado respecto a la que observarían los centinelas musulmanes hace más de mil años.

Comprender el Somontano actual

La historia del Somontano no puede entenderse únicamente desde la prehistoria, Roma, la Reconquista o el reino de Aragón.

Paisaje del Somontano. Jesus Abizanda from Barbastro, Huesca, Spain, CC BY 2.0 via wikimedia commons

Durante casi cuatro siglos estas tierras formaron parte de un mundo diferente, conectado con Zaragoza, Córdoba o el norte de África, pero también en contacto permanente con los valles pirenaicos.

Aquella larga etapa dejó una profunda huella en el paisaje, en la organización del territorio y en la memoria histórica.

Más que una simple frontera entre dos civilizaciones, el Somontano fue un espacio donde ambas aprendieron a conocerse, enfrentarse y, muchas veces, convivir.

Quizá esa condición de convivencia entre pueblos diferentes, de tierra abierta, situada entre la montaña y la llanura, entre el Mediterráneo y los Pirineos, explique parte de la riqueza cultural que desde siempre caracteriza a esta comarca. 


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