La barraca, ir a las tordas
- Jose M. Sanagustín
- 6 mar
- 7 Min. de lectura
Marzo 2026
En un post anterior dedicado a la torda, hablamos de la importancia que tuvo esta ave en el mundo rural, se trataba de un recurso modesto pero real.
En muchos lugares se decía que “no daba para vivir, pero ayudaba a no pasar hambre”.

Entre los métodos tradicionales de la caza de las tordas (lazos, perchas, redes, trampas simples, cepos), la barraca fue uno de los más característicos en el noreste peninsular, donde era toda una tradición y tenía una larga historia. Se practicaba en otoño e invierno, coincidiendo con la llegada de los zorzales (tordas) invernantes. No era una caza deportiva, sino complementaria: autoconsumo, trueque o venta local.

Hoy abordamos este tipo de prácticas desde un punto de vista histórico y etnográfico, no técnico ni operativo.
Lo que en este post estamos evocando no es solo una práctica concreta, sino un modo de vida ya desaparecido, hecho desde la observación, necesidad y transmisión oral.
Recuerdo cuando era pequeño como iban a cazar las tordas, -- también yo lo hice en alguna ocasión -- mediante la técnica de la barraca. Ese tipo de memoria —la de la infancia ligada al campo, al invierno, al fuego y a los mayores— tiene un valor cultural considerable, y merece ser tratada con respeto y detalle
¿Qué eran las barracas?
En esencia LA BARRACA era un escondite, simple y estratégico, un puesto fijo de espera, camuflado, hecho en el campo con elementos naturales propios de esa zona desde la que el cazador aguardaba el paso o la entrada de las tordas y se las atraía mediante reclamo.

En su versión más compleja, conocida como "parany", consistía en uno o varios árboles, generalmente oliveras, destacados sobre el terreno circundante, que habían sido convenientemente transformados mediante poda para colocar un entramado de varetas (verguetas) impregnadas con liga (besque). Las aves eran atraídas con reclamos vivos (otras tordas enjauladas) o algún silbato fabricado artesanalmente, creo recordar que algunos de ellos se hacían con la parte metalica de los cartuchos usados, aunque esto variaba mucho según la zona y la época.
En la preparación de la barraca se montaban las palanquetas, pequeños troncos que se colocaban entre ramas gruesas de la olivera a las que previamente se habían hecho unas ranuras para insertar las ”verguetas” o “varetas” impregnadas de algún pegamento “besque”. Los pájaros al posarse se les adheria a las alas y no podían volar. Este era un sistema basado en La Liga (un pegamento vegetal muy adhesivo), conocido desde los romanos, que se utilizo mucho no solo para zorzales, sino para otras aves pequeñas. No era una trampa mecánica, sino adhesiva, era muy eficaz y barato.
Hoy en día, el uso de “La liga” está terminantemente prohibido ya que se considera un método de caza no selectivo. Solo se estudia desde la etnografía
De hecho, incluso entonces, no todos lo veían bien; había una ética local implícita sobre “cómo” se capturaba. Fue una de las primeras prácticas en ser expresamente prohibida, lo que la hizo desaparecer casi por completo. Entenderlo hoy no es justificarlo, sino comprender cómo se vivía y se sobrevivía en el campo hace no tantos años. Actualmente, la caza del zorzal se practica principalmente en puestos fijos con escopeta, aprovechando el paso de las aves entre sus dormideros y comederos, una modalidad que sí es legal y selectiva.
Como eran las barracas?
La barraca era una estructura muy sencilla, hecha con lo que había: ramas, aliagas, carrasca, sarmientos, restos de poda, cañizo o paja.

Tenía forma de refugio bajo, apenas más alto que una persona sentada y estaba diseñada para romper la silueta humana, proteger del frío y del viento y permitir una observación discreta
Lo más importante era que se integrase en el entorno. Tal como se recoge en la memoria oral y en estudios etnográficos. No se concebía como una “construcción” permanente, sino estacional.
El lugar se elegía siempre en zonas de paso habitual de las tordas donde el ave bajaba a comer y se refugiaba del frío. El lugar no se elegía al azar, sino por la experiencia acumulada durante años
Funcionamiento tradicional
Desde la barraca, el cazador observaba los posaderos habituales (olivos, almendros, majuelos), aprovechaba los primeros momentos del día o el atardecer, actuaba cuando los zorzales bajaban a comer o a encamarse.

Era una actividad estacional, integrada en el calendario agrícola, formaba parte del conocimiento campesino, transmitido oralmente y, en particular, reflejaba una caza paciente y silenciosa La barraca fue, por tanto, un puesto de espera camuflado, no una trampa automática. un reflejo de la caza de subsistencia y una técnica basada más en conocimiento del terreno y del ave que en medios materiales.
La barraca como refugio
La barraca era un refugio de espera muy bajo y discreto, pensado para pasar desapercibido en el paisaje agrícola de invierno.
Aspecto general
Tenía una altura reducida, con un interior muy austero con un hueco justo para una persona sentada o ligeramente encorvada, su forma era irregular, sin líneas rectas, abierta solo hacia el frente, carecía de suelo construido, se aprovechaba la tierra tal cual, a veces con paja, evitando cualquier forma “artificial”. Presentaba pequeñas aberturas visuales entre las ramas, ofrecía una protección mínima frente al cierzo y la escarcha y se apoyaba en elementos naturales como ribazos, árboles viejos o matorrales
Totalmente integrada, sin destacar visualmente, la barraca se confundía con el entorno (montón de poda, matojo seco, ribazo). “Desde fuera, no debía parecer nada”
Materiales empleados
Siempre se utilizaban materiales del propio entorno inmediato, lo que hacía que cada barraca fuese distinta: ramas de olivo, carrasca o almendro, sarmientos de vid, aliagas, bojes o matorral seco, cañizo, paja o restos de poda, y en ocasiones, piedras sueltas en la base para dar peso.
El criterio no era la solidez, sino el camuflaje y el abrigo.
Cómo se “preparaba” antes de la llegada de las tordas
Desde el punto de vista tradicional, la preparación no era una acción puntual, sino un proceso ligado al calendario rural. Se revisaba o rehacía cada otoño, tras las primeras heladas, se adaptaba a los cambios del terreno (poda reciente, rastrojos nuevos), se reforzaba el camuflaje conforme el paisaje pasaba del verde al ocre y se limpiaba mínimamente el interior para poder pasar horas en silencio.

No se entendía como una infraestructura fija, sino como algo vivo, que se ajustaba al entorno y al invierno.
Conviene destacar un aspecto importante, la barraca no era solo un medio de captura, sino un lugar de espera y observación, de frío, silencio y paciencia. Era necesario un conocimiento profundo del paisaje y de los ciclos naturales, todo era mediante transmisión oral “así se hacía aquí”, sin planos ni reglas escritas.
En muchos testimonios se recuerda más la espera y la dureza que el resultado.
Variantes de la barraca según el paisaje
Aunque la idea básica era la misma, la barraca cambiaba mucho según el entorno agrícola inmediato. El campesino adaptaba la forma al terreno, no al revés.
Barraca en olivar
Era probablemente la más común. Se situaba en márgenes, ribazos o pies de olivo viejos. Aprovechaba restos de poda, troncos retorcidos y desniveles naturales. Visualmente parecía un montón de ramas abandonadas.
El olivo ofrecía abrigo, posaderos naturales y un fruto muy atractivo para las tordas
Estas barracas solían ser muy bajas y cerradas, porque el paisaje era abierto.
Barraca en viña
Era más simple y efímera. Estaba hecha casi exclusivamente con sarmientos. Era muy ligera, a veces rehecha varias veces durante el invierno. Se colocaba en cabeceros de viña o lindes con monte bajo.
El camuflaje se basaba en imitar las hileras secas de la viña en reposo. Era poco más que un resguardo visual, porque el cazador se integraba en un paisaje ya desnudo.
Barraca en ribazos y monte bajo
Era la más “natural”, apenas distinguible del entorno que se apoyaba en aliagas, bojes y espinos.
En muchos casos no se “construía”, sino que se vaciaba un hueco en un matorral existente. Eran las que menos se tocaban, por respeto a que “el sitio no se note”.
Ir a las tordas
La caza de la torda se veía como un recurso más, que se practicaba en invierno cuando el campo daba menos trabajo. Como hemos dicho en reiteradas ocasiones era una pequeña ayuda a aquellas economías.

En cada casa solían poner una o varias barracas, cada uno lo hacia a su manera según los recursos humanos de que disponían y siempre ligada a un profundo conocimiento del terreno y del paso de las aves. Los lugareños sabían de quien era cada barraca por la forma de prepararla, estos sitios eran respetados. No se veía como deporte, sino como un aprovechamiento de un recurso. La barraca no fue solo un refugio camuflado, sino una forma de estar en el paisaje: discreta, austera y ligada a la necesidad. Entenderla hoy es entender una parte importante de la cultura rural del Somontano
No se hablaba de “ir a cazar”, sino de “ir a las tordas”.
La caza en barraca era, sobre todo, espera, exigía horas de inmovilidad, frio, silencio total y observación del entorno. Como dicen muchos cazadores “lo mas duro no era el frio, sino no poder moverte”.
Era una caza basada en paciencia y experiencia. Era fundamental el conocimiento del ave, es decir cuándo llegaban las tordas con el frío, cómo reaccionaban al viento, dónde se posaban primero, qué días “no entraban”.
Con la mecanización del campo y el cambio normativo, la barraca desapareció rápidamente. No dejó apenas restos físicos. Sobrevive en la memoria oral, los nombres del lugar (aquí tenía Manolo o Luis la barraca) o en algunas conversaciones de invierno que alguno de aquellos cazadores nos cuentan.
Recuerdo y respeto
Hoy en día la mayoría de estas prácticas están prohibidas o estrictamente reguladas, considerándose parte del patrimonio cultural rural pero no debemos olvidar la enorme importancia que tuvieron en esta zona del Somontano.

Desde Rad Icarium hemos querido aportar, desde el respeto, un granito de arena en el recuerdo a la torda y a la barraca ya que han dejado una huella tan profunda en la memoria del país.




Muy interesante
Una maravilla etnográfica
Magnífico, Gracias a José María San Agustín.