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Los despoblados. Los pueblos que el siglo XX dejó atrás en Guara

Mayo 2026

La Sierra de Guara es un territorio de barrancos, crestas calizas y bosques que parecen eternos.

Despoblado en la Sierra de Guara. PabloFGarrido, CC BY-SA 4.0, via wikimedia commons

Pero también es un paisaje profundamente humano, modelado durante siglos por quienes vivieron en sus laderas, cultivaron sus bancales y cuidaron sus rebaños. Entre senderos poco transitados, sobre lomas solitarias o escondidos en barrancos remotos, aparecen los despoblados.

Una Guara silenciosa, de muros derruidos y chimeneas frías, un territorio que a mediados del siglo XX se detuvo en el tiempo. Lugares donde el silencio convive con la memoria y donde las ruinas hablan de un modo de vida que desapareció en apenas una generación.

Lejos de ser simples ruinas, los despoblados de Guara son testimonio de la historia reciente del Somontano y del Prepirineo. Sus muros caídos, sus iglesias vacías y sus calles invadidas por la vegetación nos hablan de esfuerzo, aislamiento y resiliencia.

Los pueblos se quedaron mudos

El fenómeno de la despoblación en Guara no fue un evento repentino, sino una herida que sangró lentamente. Entre los años 50 y 70, España experimentó el Plan de Estabilización y un giro hacia la industrialización. Para los habitantes de estos núcleos, la vida se volvió insostenible por varias razones.

El aislamiento geográfico

Mientras el resto del país veía llegar el asfalto, muchos pueblos de Guara seguían comunicados por simples caminos de herradura. La falta de carreteras hacía que cualquier trámite o emergencia fuera una odisea.

La ausencia de servicios básicos

Radio de los años 50. Leif Jørgensen, CC BY-SA 4.0, via wikimedia commons

En una época donde la radio y la bombilla eran el progreso, muchos de estos núcleos nunca vieron llegar la electricidad ni el agua corriente. Muchos pueblos carecían de médico, escuela estable o acceso fácil a mercados

Transformación del modelo agrícola

La mecanización favoreció las zonas llanas y dejó atrás la agricultura de montaña.

Atracción de las ciudades

Zaragoza, Huesca y Barcelona ofrecían trabajo, estudios y servicios.

La reforestación forzosa

El Estado compró grandes extensiones de terreno para plantar pinos y construir embalses, limitando el pastoreo y la agricultura de subsistencia, que eran el motor de su economía.

Embalse de Vadiello. Sierra de Guara Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0 via wikimwdia commons

Las familias comenzaron a marcharse poco a poco.

Primero los jóvenes, luego los mayores. Algunos pueblos resistieron unos años, pero finalmente quedaron vacíos.

En muchos casos, no fue un abandono dramático de un día para otro, sino una despedida progresiva, casi silenciosa.

En apenas dos décadas, aldeas que habían resistido siglos de guerras, sequías y hambrunas quedaron vacías. Las casas se cerraron, los campos se abandonaron y la vegetación recuperó lo que había sido suyo.

Muchos de los últimos pobladores bajaron a la civilización con las llaves de casa en el bolsillo, convencidos de que algún día volverían.

Cerrando la puerta para regresar algun dia. Malopez 21, CC BY-SA 4.0, via wikimediz commons

La vida que hubo

Quien crea que estas aldeas vivían en la miseria se equivoca a medias. La vida era dura, sí —los inviernos largos, el trabajo físico agotador, la medicina escasa—, pero existía una economía local completa. Cada pueblo tenía su herrero, su molinero, su pastor. Las familias criaban cerdos y ovejas, cultivaban trigo y legumbres en terrazas labradas a mano en la roca, recogían setas y miel silvestre. La viña llegaba hasta cotas sorprendentes. El aceite se traía de abajo, a lomos de mulo.

Casa de piedra con techo de losas. Construccion tipica de las momtañas de Guara. Juan R. Lascorz, CC BY-SA 3.0, via wikimedia commons

La gente vivían en casas de piedra, robustas, con tejados de losa. En la planta baja se situaban los animales; arriba, la vivienda. El calor de los animales ayudaba a soportar los inviernos.

Había horno comunal, lavadero, era para trillar y, por supuesto, iglesia. La religión marcaba el calendario, junto con las labores agrícolas.

Lavadero antiguo común para todo el pueblo. panoramio_DnTrotaMundos ☮, CC BY 3.0, via wikimedia commons

La vida social giraba en torno a las celebraciones religiosas, a las ferias de ganado y a las fiestas del santo patrón, que se celebraban con una intensidad proporcional al aislamiento del resto del año. Los mozos bajaban al valle una vez al mes. Las mujeres, menos.

Eran pueblos duros, pero llenos de vida, escuelas con pocos alumnos, bailes en la era, romerías, matacías, noches de invierno alrededor del hogaril.

Inventario de la nostalgia. Los pueblos y su ubicación

Para entender la magnitud del abandono, debemos situarnos principalmente en el Biello Aragón y la zona norte del Somontano de Barbastro.

Otín

Se encuentra en la parte alta del Barranco de Mascún (Rodellar).

Despoblado de Otin cerca del Mascún. Sierra de Guara. Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0 via wikimedia commons

Es el despoblado más fotogénico. Conserva su iglesia parroquial de San Juan y una hilera de casas que aún desafían la gravedad. Destaca la "Casa de la Iglesia" y sus enormes chimeneas troncocónicas con espantabrujas

Se dice que el último habitante de Otín no se fue por falta de dinero, sino porque "el silencio se le hizo demasiado grande".

Se puede acceder a pie desde Rodellar por la ruta del Mascún

Nasarre

Se encuentra en el altiplano de la Sierra, cerca de Otín.

Iglesia de San Andrés en el despoblado de Nasarre. Sierra de Guara. Cruccone, CC BY 3.0via wikimedia commons

Su joya es la Iglesia de San Andrés, una pieza de románico serrano del siglo XI que fue restaurada. El resto del pueblo es una amalgama de piedras cubiertas por la vegetación.

Cuando el pueblo quedó vacío, se bajó la campana a Bara, para que siguiera sonando en el valle.

Se suele visitar junto con Otín en una ruta circular desde Rodellar.

Bagüeste

Se encuentra en un espolón rocoso sobre el río Balced.

Una de las siluetas más impresionantes es su iglesia, con una torre que servía de vigía, domina un paisaje desolado pero majestuoso. Se mantienen en pie algunos arcos de piedra y portaladas.

La iglesia sirvió de refugio para pastores incluso décadas después del abandono.

Se accede desde Las Bellostas por una pista y sendero.

San Poliz

Se encuentra cerca de Bagüeste. Conserva dos caserones, uno de ellos muy derruido y el otro con unos bonitos bajos abovedados y un horno de pan. La iglesia parroquial data de los siglos XVII o XVIII y junto a ella, se conserva una torre y una antigua herrería

San Poliz a principios del siglo XX fotografiado por Lucien Briet, Sierra de Guara, Lucien Briet Public Domain

Se accede desde Las Bellostas

Letosa

Se encuentra  cerca del nacimiento del río Mascún.

Es un pueblo pequeño donde todavía se pueden adivinar los corrales y la estructura de las viviendas. Se respira una soledad absoluta.

Letosa a principios del siglo XX fotografiado por Lucien Briet, Sierra de Guara, Lucien Briet Public Domain

Cuentan que los últimos habitantes se marcharon dejando la mesa puesta, pensando que volverían

Se puede acceder desde el pueblo de Otín o desde Bara.

Miz

Cercano a Bara. Constaba históricamente de dos casas, siendo la Casa Baja la principal, hoy con derrumbes que impiden el acceso interior

Se puede acceder desde el pueblo de Otín o desde Bara.

Cheto

Se encuentra en la margen izquierda del Mascun

Se conservan restos de viviendas, corrales y huertas de piedra seca.

En Cheto, Lucía Loren reconstruyó muros de piedra seca y una estructura troncocónica, como parte del proyecto «Muretes de Arte».

Se accede a través de una ruta de senderismo desde Rodellar

Alastrue .

Se encuentra cerca del nacimiento del Mascun

Se pueden visitar los restos de las antiguas casas y bordas, donde aún se pueden observar detalles como hornos de pan o camas de madera, hay también un abrevadero y un lavadero, parcialmente en pie, adosados a uno de los muros de una casa.

La iglesia es la estructura que mejor se ha conservado del conjunto

Se accede desde Las Bellostas pasado San Poliz

Otros nombres en el olvido

No podemos olvidar Abellada, Bibán, Azpe, Matidero, Villanuga y Pardina de Ballabriga. Cada uno de ellos forma parte de esta constelación de piedra abandonada.

La Resurrección: Pueblos que han vuelto a la vida

En los años 80 y 90, varios pueblos del Pirineo aragonés fueron ocupados por comunidades neorrurales que buscaban una alternativa al mundo urbano. Algunas prosperaron, la mayoría fracasaron al cabo de unos años por tensiones internas o dificultades económicas.

No todo es tristeza. Algunos han logrado esquivar el destino final de la ruina.

Sarsa de Surta

En el valle del Ara.

Sarsa de Surta. Un pueblo renacido. Sierra de Guara. Bin3saw, CC BY-SA 3.0, via wikimedia commons

Sus habitantes emigraron en los años 60. Las ruinas de su iglesia y sus pajares de piedra seca forman parte del paisaje del Parque de la Sierra y los Cañones de Guara. Ha visto cómo algunas de sus casas se rehabilitaban como segundas residencias o turismo rural, manteniendo su esencia.

Bara

En el valle de Nocito. Aunque estuvo a punto de desaparecer, hoy cuenta con vecinos permanentes y una actividad turística ligada al senderismo y el barranquismo.

Lasaosa

En el valle del Gállego, cerca de Sabiñánigo. Es un ejemplo fascinante de reconstrucción comunitaria donde nuevos pobladores han levantado de nuevo los muros piedra a piedra.

Aineto

En el valle del Isuela

Aineto, un despoblado habitado de nuevo. Sierra de Guara, DonCamillo, CC BY-SA 4.0 via wikimedia commons

Es el caso más conocido. Abandonado en los años 70, fue adquirido por un grupo de familias alternativas en 1984 que lo recuperaron como comunidad autogestionada. Hoy viven allí unas veinte personas de forma permanente. Sus casas de piedra y su iglesia románica están restauradas.

Un patrimonio que sigue hablando

Los despoblados de la Sierra de Guara son mucho más que ruinas, son memoria, paisaje y cultura.

Casa abandonada en Otin cerca del Mascun Sierra de Guara. Pedro José Ponce Asensio, CC BY 4.0 via wikimedia commons

Recorrerlos es entender cómo se vivía, por qué se marcharon y qué queda hoy. Es escuchar el eco de una forma de vida que, aunque hoy nos parezca imposible, fue la realidad de nuestros abuelos no hace tanto tiempo.

Visitar estos pueblos es una forma de honrar a quienes los habitaron y de comprender mejor la historia del Somontano y de la Sierra de Guara.

Es, en definitiva, una forma de conectar con la historia reciente del territorio.

Y quizá también una invitación a mirar el presente con otros ojos.


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