Los pozos de nieve del Somontano. Memoria helada de un oficio desaparecido
- T. Delàs
- 6 jul
- 7 min de lectura
Junio 2026
Durante siglos, antes de que existieran los frigoríficos y las fábricas de hielo, el frío se almacenaba.

En serio.
En las montañas del Somontano y la Sierra de Guara, como en buena parte de Aragón, los pozos de nieve fueron una infraestructura esencial para conservar alimentos, atender a enfermos, refrescar bebidas y abastecer a ciudades enteras durante los meses de calor.
Todo esto era posible gracias a una de las industrias preindustriales más complejas, sacrificadas y fascinantes de nuestra historia, el comercio de la nieve.
Los pozos de nieve (también llamados neveras, neveros o pozos de hielo) no eran simples agujeros en la tierra; constituían una red monumental de ingeniería, gestión municipal y esfuerzo humano que desafiaba a las estaciones. Esta es la historia de cómo la humanidad aprendió a domesticar el invierno para vendérselo al verano.
Arquitectura de los pozos de nieve
Los neveros se construían generalmente en lugares elevados, frescos y protegidos del sol. Muchos estaban excavados parcialmente en el terreno para aprovechar el aislamiento natural de la tierra.
La estructura más habitual consistía en un gran pozo circular revestido con gruesos muros de piedra. Sobre él se levantaba una cubierta de piedra o madera destinada a proteger el interior de la lluvia, el viento y el calor.
En el fondo se habilitaban sistemas de drenaje para evacuar el agua procedente del deshielo. Gracias a ello, la nieve podía conservarse durante muchos meses sin deteriorarse.
La orientación del pozo era crucial. La mayoría se situaban al norte de paredes rocosas o en laderas de umbría, donde el sol nunca o casi nunca llegaba. No era superstición, era conocimiento acumulado durante generaciones.
Aunque vistos hoy parezcan construcciones modestas, algunos de estos pozos alcanzaban dimensiones considerables y representaban una inversión importante para municipios, instituciones religiosas o particulares que explotaban el comercio del hielo.
El Despertar y Declive de una Industria (Siglos XVI - XX)
Aunque el uso del hielo de forma rudimentaria se remonta a los romanos y los árabes, la auténtica "Fiebre del Oro Blanco" estalló en España a finales del siglo XVI y se consolidó durante el XVII y XVIII. El hielo tenía múltiples usos:
Conservación de alimentos, especialmente carnes y pescados.
Medicina, para bajar fiebres, tratar inflamaciones o detener hemorragias.
Hostelería y ocio, desde refrescar bebidas hasta elaborar helados primitivos.
Industria y bodegas, donde el frío ayudaba a controlar fermentaciones.
El aumento del nivel de vida en las ciudades y los avances de la medicina propiciaron que la nieve dejara de ser un artículo de lujo exclusivo de reyes para convertirse en un bien de consumo masivo y de primera necesidad. No era un lujo, era un servicio público.
También influyó que entre los siglos XVI y XIX hubo la llamada Pequeña Edad del Hielo en la que los inviernos fueron más fríos que los actuales, favoreciendo la proliferación de neveros en toda Europa.
Los ayuntamientos asumieron el control de este negocio mediante un sistema de arriendos o abastos públicos. Se subastaba el monopolio de la nieve a un asentista, quien se comprometía a mantener la ciudad abastecida durante todo el año a un precio fijo. Si el hielo se agotaba en pleno agosto, las multas eran astronómicas.
Este vasto imperio del frío se mantuvo intacto durante casi tres siglos. Su declive no comenzó por una falta de demanda, sino por la llegada de la tecnología. A finales del siglo XIX, la invención de las primeras máquinas de hielo artificial y el desarrollo de la refrigeración industrial a principios del siglo XX hirieron de muerte a la profesión. Los pozos, que habían sido el motor económico de regiones enteras, quedaron abandonados, convirtiéndose en silenciosos gigantes de piedra devorados por la maleza.
El oficio de los neveros, un trabajo duro, estacional y peligroso
Llenar un pozo de nieve no era tarea sencilla. Requería organización, considerable esfuerzo físico y una habilidad técnica que se transmitía de generación en generación.
La actividad comenzaba tras las grandes nevadas del invierno. Los trabajadores recogían la nieve de las laderas cercanas y la transportaban hasta el pozo mediante capazos, palas y animales de carga.

Una vez en el interior, la nieve se extendía formando capas que eran cuidadosamente compactadas con pisones. El objetivo era eliminar el aire para transformarla en una masa cada vez más densa y resistente.
Entre capa y capa se colocaban ramas, boj o paja que actuaban como aislante térmico, absorbían parte de la humedad del deshielo y facilitarían posteriormente la extracción de los bloques de hielo.
Con el peso y el frío, la nieve se convertía en bloques de hielo de gran densidad. Un buen pozo podía conservar hielo hasta ocho o nueve meses.
La forma cónica o abovedada de la cubierta hacía que el agua de fusión escurriera hacia un canalillo en el fondo —una solución de ingeniería tan sencilla como eficaz— para que la humedad no acelerara la pérdida del hielo almacenado.
Era un oficio duro y arriesgado: frío extremo, terrenos abruptos, lugares aislados, caídas dentro del pozo, agotamiento, nevadas repentinas… pero también una fuente de ingresos importante para los pueblos de montaña.
La carrera contra el reloj, el transporte nocturno
Si el trabajo en el pozo era esclavo, el transporte era una auténtica odisea contra el tiempo y la termodinámica. El traslado de la mercancía se realizaba estrictamente de noche, aprovechando el desplome de las temperaturas diurnas.
Los trabajadores cortaban el hielo en bloques que eran envueltos en paja para reducir el deshielo durante el transporte. Los panes de hielo se cargaban en carros o a lomos de caballerías (mulos y burros). Los animales llevaban capachas de esparto fuertemente forradas de paja. Los arrieros de la nieve iniciaban una marcha rápida por senderos de montaña escarpados, muchos de los cuales aún conservan el nombre de "Caminos de la Nieve", con el objetivo de llegar a los mercados urbanos antes del amanecer. A pesar de las precauciones, se calcula que en los trayectos más largos se perdía entre un 20% y un 40% del peso original de la carga por el camino debido al derretimiento.
Los pozos de nieve del Somontano. Una comarca llena de frío guardado
El Gobierno de Aragón declaró Bien de Interés Cultural la arquitectura del hielo aragonesa en su conjunto en 2021.
El Somontano conserva algunos de los ejemplos más interesantes relacionados con esta actividad.
Campoluengo
Los Pozos de Campoluengo I y II están situados en la vertiente occidental del barranco de Chimiachas a unos 1.120 metros de altitud. Campoluengo I es el más notable por su estado de conservación. Con 7 metros de diámetro y otros tantos de profundidad —tres de ellos excavados directamente en la roca caliza—, está construido con sillares tallados y cubierto con una cúpula de dos trampillas trapezoidales. En su fondo aún se conserva el canalillo de desagüe cubierto con tres losas planas. Data del siglo XVI.
Pozo d’Os Moros
Llamado así porque, como toda construcción cuyo origen se pierde en la memoria popular, se atribuía a los "moros", está situado junto al camino que conduce al Santuario de Dulcis en Buera. Fue restaurado en 2002 y cuenta con una cámara cilíndrica de 6 metros de profundidad y 5,6 de diámetro. Su característica cúpula de piedra permite comprender perfectamente cómo eran estas construcciones. Abastecía al Santuario de Dulcis y a los pueblos de Alquézar, Huerta de Vero y Pózan de Vero.
Pozo de Dineretes

En la sierra de Sevil, aprovecha la sombra permanente de una pared rocosa de diez metros. Construido en mampostería en seco, probablemente abasteció en origen a un hospital para pobres y peregrinos en Adahuesca, lo que habla de cómo el acceso al frío era también, en parte, una cuestión de caridad pública.
Pozo del Solano
También en Sevil, está documentado en 1602, es un pozo de tipo arcaico, construido con piedras sin labrar y un diámetro notable. Aunque hoy está parcialmente colmatado, su estructura permite apreciar la técnica tradicional: planta circular, paredes gruesas y un acceso lateral para la extracción del hielo.
Los pozos de Otín
Las zonas altas próximas a Otín también participaron en esta actividad. La abundancia de nieve en invierno permitía abastecer a numerosas localidades del Somontano.
La documentación histórica indica que, en determinadas épocas, incluso Barbastro recurrió a estos neveros de montaña cuando las reservas locales resultaban insuficientes.
El gran pozo de Barbastro, una joya monumental

El exponente más imponente de toda esta red es el Pozo de Hielo de la Barbacana, en Barbastro. Construido en 1612 por encargo del Concejo de la Ciudad y obra del arquitecto Pedro de Ruesta —el mismo que diseñó la reforma de la torre de la Catedral barbastrense, cuya inconfundible planta hexagonal se convertiría siglos después en inspiración para el mirador de estrellas del Espacio Ruesta-Rolín—, es un edificio de dimensiones monumentales: 8,50 metros de largo, 7,70 de ancho y 11,50 de altura total, con una bóveda de cañón de ladrillo reforzada con un arco que la atraviesa y una pared norte de 20 metros de largo y 15 de alto.

Se surtía principalmente del hielo que se formaba en balsas construidas junto al río Vero, y cuando escaseaba, se importaba nieve y hielo desde los pozos de Otín en la Sierra de Guara. Tuvo uso ininterrumpido durante más de tres siglos —con mayor intensidad entre los siglos XVII y XIX—, y su última actividad documentada data de comienzos del siglo XX, cuando la empresa de refrescos y sifones Espumosos Angelín todavía lo utilizaba.

Rehabilitado en 2006, su interior fue musealizado con iluminación, paneles explicativos, una sonografía que recrea la vida cotidiana de los trabajadores del hielo en el siglo XVII y una recreación del proceso de almacenamiento. Fue además obra de referencia para la construcción de otros neveros en la provincia.
El valor de lo que queda.
Cuando recorremos hoy los senderos de la Sierra de Guara resulta difícil imaginar que aquellas mismas montañas fueron durante siglos un importante centro productor de hielo.
Los neveros son mucho más que simples construcciones de piedra. Representan la capacidad de adaptación de las comunidades rurales, el aprovechamiento inteligente de los recursos naturales y el esfuerzo de generaciones enteras que encontraron en la nieve una fuente de riqueza y de sustento.

También son un ejemplo de ingeniería popular, capaz de conservar hielo durante meses sin energía externa. Son, en definitiva, una parte importante de la historia y de la memoria colectiva del Somontano.
Nos recuerdan una época en la que las comodidades no se conseguían apretando un botón. Cada sorbete de hielo consumido en una tarde de verano del siglo XVII llevaba detrás el sudor de un jornalero tiritando en una cúpula de piedra, el galope nocturno de un arriero y el ingenio de unos constructores que consiguieron congelar el tiempo.







Comentarios