top of page

La disputa por Sevil, las abuelas y la promesa que nunca se olvidó

Actualizado: 16 may

Mayo 2026

Sevil, tierra codiciada. La sentencia que marcó la sierra

Hay tierras que valen más que el oro.

En la sierra de Guara, durante siglos, la sierra de Sevil fue una de ellas.

El mesón de Sevil en la Sierra de Guara Tere Sampietro, Archivo propio

El conflicto no era solo por el mesón -- descrito en otro post "Un techo, un fuego y un saludo. Los mesones que unían la sierra de Guara con el llano" https://www.casasruralesierraguara.com/post/los-mesones-de-guara -- sino por las tierras circundantes, Sus bosques densos, sus pastos generosos y el agua que corría entre sus barrancos convirtieron aquel territorio en un bien codiciado con ferocidad entre los pueblos del entorno. Abiego, Adahuesca, Radiquero, Alquézar... todos ellos miraban hacia las alturas de Sevil con el mismo deseo, controlar sus recursos. Y durante buena parte de la Edad Media, esa ambición compartida degeneró en una de las disputas territoriales más enconadas del Somontano.

ovejas pastando en la Sierra. Vincent Eisfeld, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

El origen del conflicto era, en esencia, el mismo que animaba tantos pleitos rurales de la época, el acceso a los comunales. Los rebaños trashumantes que subían desde el llano necesitaban dehesas donde pacer. Las familias necesitaban leña. Los pastores necesitaban refugio.

La sierra lo ofrecía todo.

1476, el año en que la Corona habló

Las tensiones no eran escaramuzas puntuales, eran litigios formales, denuncias ante instancias superiores, acusaciones cruzadas de invasión de términos y usurpación de derechos. El asunto escaló durante generaciones hasta llegar a lo más alto de la Corona de Aragón.

El rey Juan II de Aragón, António de Holanda, Public domain, via Wikimedia Commons

El proceso fue largo y costoso. Los pueblos en disputa presentaban sus títulos, sus usos y costumbres, sus memorias de aprovechamiento. Y mientras los pleitos se dirimían en escribanías y cámaras reales, en los caminos de la sierra los pastores de un pueblo y otro se vigilaban con desconfianza y las cañadas se convertían en líneas de tensión. Existen relatos orales de enfrentamientos entre pastores, discusiones en los límites y episodios de “marcado” de mojones durante la noche para alterar el trazado.

El desenlace llegó en 1476. Ese año, el rey Juan II de Aragón dictó sentencia poniendo fin a los litigios y otorgando a Adahuesca buena parte de la sierra de Sevil. El hecho resulta todavía hoy llamativo, porque el territorio quedó separado físicamente de Adahuesca por otros términos municipales.

Siglos de mojones, pastores y memoria

Mojón para marcar  los lindes de las propiedades y los municipios, Jonfr, CC BY-SA 3.0,via wikimedia commons

Aunque la sentencia de 1476 fue clara, el territorio siguió siendo conflictivo. A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII se produjeron ratificaciones de límites, revisiones de mojones, y nuevas declaraciones de testigos (pastores, arrieros, guardas de monte).

En el siglo XVIII, con la reorganización de montes comunales y la presión fiscal, el conflicto volvió a intensificarse. Pero todas las revisiones acabaron confirmando la sentencia original: Sevil pertenecía a Adahuesca.

Estado actual. Sevil es de Adahuesca

Hoy, el Mesón de Sevil y sus tierras están oficialmente dentro del término municipal de Adahuesca, tal como reconocen el Catastro, los mapas del Instituto Geográfico Nacional y los deslindes municipales modernos.

Las abuelas de Sevil, cuando la sierra decide intervenir

La historia jurídica es solo una parte. La memoria popular creó otra explicación, más poética y profundamente arraigada.

Cuenta la tradición que una terrible epidemia de peste asoló la aldea de Sevil hasta exterminar a toda su población, excepto a dos ancianas hermanas. En aquellas tierras donde no quedaba nadie, la ley era clara, las dos mujeres, como únicas sobrevivientes de sus linajes, eran las herederas legítimas de todo.

La sierra de Sevil, sus bosques, sus pastos, su mesón... todo era suyo.

Bosques de Sevil en la Sierra de Guara. Miguel Palacios. Archivo propio

Pero no podían quedarse. Las tierras estaban malditas, la muerte las rodeaba, y ellas eran ya viejas y estaban solas. Decidieron huir y buscar refugio en los pueblos del entorno. Emprendieron el camino con lo que podían cargar y llamaron a la primera puerta que encontraron.

Las abuelas de Sevil, buscando una casa que las acogiera. IA

La cerraron en su cara. El miedo a la peste era más fuerte que la compasión.

Probaron en Radiquero. Tampoco. En Alquézar. Tampoco. Pueblo tras pueblo, las dos abuelas recorrieron el Somontano cargando con su miseria y su enfermedad imaginaria, rechazadas por todos. La gente no quería arriesgarse, quién sabe si llevarían el bayo consigo, si la muerte que había arrasado Sevil viajaría entre sus ropas.

Adahuesca en la Sierra de Guara, Rowanwindwhistler, CC BY-SA 3.0, via wikimedia commons

Exhaustas y ya casi sin fuerzas, llegaron a Adahuesca. Y allí, por fin, alguien les abrió la puerta. Les dieron casa, comida, cuidado. Las acogieron sin condiciones. Las ancianas pasaron en Adahuesca el resto de sus días, atendidas por la comunidad que las había recibido cuando nadie más quiso.

Cuando sintieron que la muerte se acercaba, las dos abuelas tomaron una decisión. Eran las propietarias legítimas de toda la sierra de Sevil, y querían que ese patrimonio quedara en buenas manos. Legaron todo a los vecinos de Adahuesca. Pero su donación no fue incondicional. Pusieron tres exigencias que los aboscenses debían cumplir para siempre, en honor a su memoria.

Las tres condiciones: una deuda que no prescribe

  • Que cada año fueran a rezar por ellas al lugar donde serían enterradas.

  • Que se repartiera caridad entre los asistentes.

  • Y que nunca faltara una fiesta dedicada a los niños del pueblo.

Tres gestos. Tres promesas. Y Adahuesca las ha cumplido año tras año durante siglos, convirtiendo una leyenda en ritual y el ritual en identidad.

Y de aquellas condiciones nacieron dos de las celebraciones más singulares de Adahuesca: la fiesta de Crucelós  y el Correperas

Crucelós, el montículo donde descansan las abuelas

Crucelós, Adahuesca. Sierra de Guara.  Donde la tradicion situa la tumba de las abuelas de Sevil, Piedras Savras

El lugar al que los aboscenses acuden cada 20 de mayo tiene nombre propio, Crucelós.

Crucelós  es un pequeño paraje situado en la antigua cabañera Broto-Mequinenza. El nombre parece relacionarse con la presencia de cruces o antiguos hitos religiosos del lugar. Allí en un montículo de piedras coronado por una cruz de hierro, en las huegas (límites) de los términos de Adahuesca, Abiego y Alberuela de Laliena está, según la leyenda, la tumba de las ancianas.

Se decía que los difuntos que no habían sido enterrados en tierra consagrada vagaban por los caminos reclamando el alma de los vivos que pasaban por allí. Para protegerse, los caminantes lanzaban una piedra al montículo al pasar, una ofrenda que, simbólicamente, sustituía su alma y apaciguaba a los muertos. La piedra fijaba al espíritu a la tierra.

La cortesia de la bandera en Cruceñós, Adahuesca.  Sipca

Cada 20 de mayo, cuando cae el sol, los vecinos de Adahuesca acuden a Crucelós .

La celebración es sencilla y poderosa.  Altamente emocionante y conmovedora. Se reza un responso y se canta el Miserere. A continuación el cura, o un monaguillo por orden de aquél, arroja la primera piedra a la que siguen, al menos, una por cada devoto presente que imprime a su lanzamiento toda la fuerza posible.

Panecicos, dulce tradicional

Acto seguido, cumpliendo la segunda condición, se realiza la caridad. Se reparten los “paneticos”, previamente bendecidos, que se comen acompañados de vino.

Todo este acto está presidido por una gran bandera que en tiempos se llevaba en procesión desde Adahuesca. Después del acto se realiza la cortesía de la bandera -- descrita en otro post " La Cortesía de la Bandera" https://www.casasruralesierraguara.com/post/cortes%C3%ADa-de-la-bandera -- . Cuando se vuelve al pueblo, se repite la cortesía de la bandera en  la plaza de la iglesia.

Y se cumple, una vez más, la promesa que el pueblo hizo a las dos ancianas que nadie más quiso acoger.

El Correperas, la fiesta de los niños de Santa Ana

La tercera condición de las abuelas se cumple el 26 de julio, festividad de Santa Ana, y tiene un nombre que lo dice todo: el Correperas.

Bandeo de campanas. CARLOS TEIXIDOR CADENAS, CC BY-SA 4.0, via wikimedia commons

Comienza con el bandeo de campanas a las doce del mediodía.  Los niños de Adahuesca se reúnen con sus familias en la plaza de la iglesia.  Los pequeños se agrupan por parejas de edad similar en un extremo de la plaza y esperan la señal de salida.

Al otro lado, los cestos llenos de peras bendecidas. Y cuando suena la señal, los niños echan a correr. La meta es llegar antes que el compañero y hacerse con una pera del cesto. Harán carreras mientras queden frutas, una tras otra.

Cesta de peras en el correperas de Adahuesca, George Chernilevsky, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Hay en el Correperas algo que trasciende el juego. En la pera bendecida se condensa la memoria de las dos ancianas, el agradecimiento de un pueblo, la promesa de no olvidar.

La tradición se perpetúa con naturalidad, porque los niños de hoy son los mayores del mañana, y ellos a su vez llevarán a sus hijos a correr por la plaza el día de Santa Ana. Así es como sobreviven las memorias que merecen sobrevivir, no en los archivos, sino en los pies de los niños corriendo hacia un cesto de peras.

Sevil, donde la historia se convierte en relato

La disputa por el Mesón de Sevil fue un conflicto real, con documentos, sentencias y mojones. Pero el territorio, que siempre sabe más que los papeles, transformó aquella historia en leyenda, y la leyenda en fiesta.

Sierra de Sevil con el Isuala. Sierra de Guara. En rouge, CC BY-SA 4.0, via wikimedia commons

Hoy, Sevil pertenece a Adahuesca, pero su memoria es compartida por toda la sierra. Crucelós y el Correperas son la prueba de que, en Guara, la historia no se guarda en archivos, se camina, se celebra y se cuenta.

Vida y muerte, tierra e historia, infancia y memoria. Todo se da la mano en las tradiciones de Adahuesca. Y el Mesón de Sevil, que sigue en pie en lo alto de la sierra, sigue siendo testigo silencioso de todo aquello que estas tierras han visto pasar.




Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page