Yo, el Mascún
- T. Delàs
- 23 ene
- 5 Min. de lectura
Enero 2026
Antes de verter mis aguas en el Alcanadre y acabar mi curso, quiero contaros mi historia, corta pero intensa.

Con tan solo 14 kilómetros descendiendo a través de las espectaculares formaciones kársticas de Guara, a lo largo de milenios he tallado un profundo cañón en la roca caliza, con paredes verticales que pueden superan los 200 metros de altura.
No quiero envanecerme pero aunque, uno de los pequeños, soy el más famoso de mis hermanos de Guara.

Ya en el siglo XIX, Alphonse Lequeutre en 1874, el conde Saint-Saud en 1881 y Albert Tissandier en 1889 me exploraron, fotografiaron y cartografiaron.
Pero fue el gran fotógrafo y explorador Lucien Briet quien me dio a conocer a nivel internacional. Su libro ‘Voyage au Barranco de Mascún’ publicado en 1905 marcó un antes y un después en el reconocimiento de los escalofriantes bellezas de la Sierra de Guara y de la práctica del barranquismo en la zona.

Dicen que mi nombre significa ‘morada de los espíritus´ y que éstos y las brujas vagan acechantes por mi cauce. Pero no es cierto. Habladurías de envidiosos y pretextos de los timoratos para no descender mis cañones, soy un rio amable, noble, sin dobleces ni artimañas, respetuoso con los que me respetan.

Mi nacimiento se produce por encima de los 1000 m. de altura, cerca del Tozal de Guara, gracias a las aguas que me aportan dos hermanos pequeños, los barrancos de San Lázaro y de San Póliz, los tres juntos con el ímpetu y la temeridad de la juventud corremos entre montañas casi medio kilometro. A poco nos encontramos con un desnivel de más de 30 m. con cuatro escalones. Sin dudarlo saltamos de uno a otro formando a nuestro paso cuatro hermosas cascadas. Una vez abajo, llenamos un gran circo con nuestras aguas que aquí son de color turquesa porque arrastramos restos de roca caliza que hemos disuelto en el descenso.

La gente lo llama el saltador de las Lañas, un paraje insólito y de gran belleza pero de difícil acceso. Solo se puede llegar por angostos y vertiginosos caminos a ambos lados de mi cauce y del circo o haciendo rappel desde la parte superior. Por eso me gusta encontrar, a veces, intrépidos disfrutando del lugar y los saludo con afecto.
A partir de este punto, mi camino es incierto. La mayoría de los veranos, mi caudal no es suficiente para competir con los terrenos kársticos que encuentro a mi paso, así que me interno en la tierra para seguir por vías subterráneas más fáciles. Cuando puedo y encuentro alguna grieta, salgo con fuerza al exterior en forma de surgencia, pero este proceso es variable con los años y el clima y no salgo del todo hasta que llego a la altura del Delfín cuando emerjo decidido en la que llaman Surgencia del Mascún, que, por cierto, es espectacular y sobrecogedora.

En estas épocas de estiaje soy, por lo tanto, muy manso, estoy fragmentado en pozas aisladas y completamente seco en superficie en muchos tramos. Tengo un aspecto mineral y pétreo, y se puede apreciar la geología de mi cañón con el lecho rocoso tallado por el agua. Podríamos decir que soy silencio, roca y luz
Principalmente en primavera cuando estoy en mi mayor esplendor, algo menos en otoño y muy raramente en verano sigo con brío mi camino a partir del saltador hasta que al cabo de poco encuentro más desniveles y labro las impresionantes cascadas de la Peña Guara, que se han de descender habiendo varios rappeles. Al final encuentro una badina que cubro con mis aguas para formar una magnífica piscina. Otro hermano pequeño, el Raisin, con espectaculares cornisas, me aporta un poco más de fuerza con sus aguas.

Me adentro luego en una cueva de roca caliza y se va haciendo oscuro y oscuro, es la sobrecogedora zona que llaman los Oscuros del Mascún o de Otín, grandes cavidades muy profundas con juegos de luces espectaculares.
Aquí mi lecho no es uniforme, hay muchos desniveles por lo que los que me descienden se ven obligados a saltos y rappeles. He de reconocer que tengo un punto peligroso, el ‘Pozo Negro‘ al que se accede por el rappel de la Jabonera. Como no me gustan los incidentes les aconsejo a todos que vayan con mucho cuidado y hagan caso a los expertos que me conocen.
Sigo descendiendo y me encuentro el caos de Otín con otro desnivel y una poza profunda al final.

Me vuelvo más amable y abierto. Paso por un tramo muy estrecho flanqueado por rocas escarpadas entre las que destacan las conocidas como el Beso por su proximidad. Verdaderamente parece que las montañas se vayan a besar. No solo es muy hermoso sino además romántico.

El barranco de Otín, otro hermano, me aporta su caudal cuando lo tiene, el valle se abre un poco más y yo me expando en meandros encajados, atravieso el caos de la Fuente del Onso y me encuentro con grandes rocas como la Pipa o el Bolo del Real.
A mi derecha veo la increíble aguja rocosa de la Cuca Bellostas, a su lado, la peña de La Ciudadela que realmente parece un castillo de piedra y más adelante a mi izquierda, las Puntas de Cagatés.

El barranco seco de Andrebot baja a mi encuentro. Las gentes que descienden por él me hablan de la Losa Mora. Y, como soy muy enamoradizo, sueño con ella. La imagino blanca, bella, firme y enhiesta a pesar de las inclemencias del clima y el paso de los milenios. Un desnivel de más de 300 m. me separa de ella. No creo que consiga verla nunca. Ay las!

El barranco de la Virgen es uno de los últimos hermanos pequeños que vienen a apoyarme con sus aguas. Un poco después, bajo el magnífico arco natural del Delfín, mis aguas subterráneas salen por fin a la superficie en una impresionante surgencia que brota durante todo el año y llenan mi cauce aguas abajo.

Cuando paso por debajo de Rodellar encuentro el gran caos de bloques de los Bozos de la Palomera o de los Cazadores en mitad del cañón. Es la entrada al llamado el Petit Mascún y es un tramo en el que soy muy feliz porque, además de que disfruto de su gran belleza con algunas de las cuevas más bonitas de todo mi recorrido, me gusta ver como la gente, sobre todo los niños, se lo pasan bien saltando entre las rocas del caos y deslizándose por las pozas y los toboganes naturales. Es uno de los parajes más amables de todo mi curso.

A la salida del caos encañonado tengo un pequeño desnivel por lo que salto hasta la badina de O’Staño, paso por distintos estrechos hasta llegar a la confluencia con otro hermano, el Barrasil, un lugar tan bonito que le dan el nombre de Pequeño Paraíso.

Y finalmente llego a mi desembocadura un poco después del puente de las Cabras en un lugar que llaman el Ajuntadero.
Llego cansado, ha sido un curso corto pero intenso. Me alegra que mis aguas aporten fuerza al Alcanadre y de ahí de río en río lleguen hasta el Mare Nostrum. O más lejos… Imagínate que una de mis gotas puede viajar desde el Tozal de Guara hasta el mar Rojo o el mar Negro. Increíble!
Ya sabéis mi historia. Venid a verme que no os arrepentiréis del esfuerzo. Aquí os espero. Ya sabéis quien soy.
Todos me llaman




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