Yo, el Vero
- T. Delàs
- 4 abr
- 7 Min. de lectura
Abril 2026
Muchos me conocen por mis aguas turquesas y los cañones que he tallado con paciencia milenaria, pero pocos saben dónde empiezo a soñar.

Mi vida comienza a unos 1.000 metros de altitud, en el Pueyo de Morcat, bajo la mirada del monte Capramote. Allí, entre el silencio del Sobrarbe, nazco humilde, recogiendo mis primeras gotas de los barrancos de la Cereosa y la Viñaza.
Al principio soy un río tranquilo que serpentea entre bosques de encinas y quejigos.
Camino apenas unos kilómetros desde mi cuna cuando me adentro en el Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, paso bajo el viejo puente de piedra de Sarsa de Surta, un testigo mudo de los siglos que han visto mis aguas correr hacia el sur.

Pero mi verdadero destino me aguarda más adelante, donde la roca caliza se vuelve mi lienzo. Comienzo a excavar, a disolver, a construir ese mundo de cañones y abrigos que tanto deleita a quienes me visitan. No lo hago con prisa ni con violencia: lo hago con la paciencia infinita del agua, que al final siempre gana.
En estos primeros kilómetros recibo la compañía de varios afluentes que me traen agua y rumor de sus propias aventuras. La fuente de Berrala me aporta buena parte de mi caudal habitual, y con ella llego más generoso al tramo que todos conocen.

Al llegar a Lecina, mi carácter cambia. Después de saludar a la carrasca milenaria, me hundo en la tierra para esculpir uno de los desfiladeros más impresionantes de Europa. Aquí, el tiempo no se mide en años, sino en centímetros de roca desgastada. Apenas iniciado el descenso paso junto a las ruinas del molino de Lecina y el azud que lo alimentaba. Me gusta que quede ese rastro, durante siglos, la gente aprovechó mi fuerza para moler el grano, y eso me hace sentir útil más allá de la geología.
En este tramo inicial, recibo el saludo de mis hijos de piedra, afluentes que hoy son catedrales secas.

El barranco de la Portiacha es mi hijo más vertical. Antes siquiera de que yo tome fuerza, él asoma sus impresionantes rápeles que parecen colgar del cielo, con un vacío de 30 metros que mira directamente a mi cauce.

Poco después, el barranco de Basender o de Cruciacha viene a saludarme por la derecha, formando en mis paredes una curiosa cavidad.
Aquí empieza el descenso conocido como el barranco del Vero, uno de los más emblemáticos de Guara.
Tengo que detenerme aquí un momento, porque este es quizás el motivo de mayor orgullo de todo mi recorrido.
A lo largo de mis cañones y los de mis afluentes, los hombres de la prehistoria pintaron sus sueños en color ocre y rojo, convirtiéndome en el guardián de un Patrimonio de la Humanidad que hoy el Parque Cultural del Río Vero protege con celo. Un parque no de naturaleza solamente, sino de historia, de memoria, de paisaje y de gente. Todo lo que soy yo.

Más de 60 abrigos y covachas en la roca guardan pinturas prehistóricas. Las más antiguas están en la Cueva de la Fuente del Trucho, en mi afluente el barranco de Arpán. Allí, hace unos 22.000 años, los habitantes de aquellas cavernas pintaron en negro y rojo caballos, manos de niños y adultos, líneas de puntos... La única cueva con arte paleolítico de todo Aragón está en mi cuenca. Me conmueve pensar en ello.

En los abrigos de Barfaluy, que se asoman al barranco de la Choca, otro de mis tributarios, hay figuras de estilo Esquemático, con esas formas humanas de dedos desproporcionados, largos como garras, y cornamentas imposibles.

En Mallata, colgado sobre el Tozal del mismo nombre en la confluencia de mis aguas con las de la Choca y el Basender, hay escenas que representan a seres humanos domando ciervos con cuerdas. Y en Arpán, hay además pinturas de estilo Levantino: figuras dinámicas, escenas de caza, animales con un realismo que asombra viniendo de hace miles de años. Los abrigos de Lecina Superior, Chimiachas, Regacens, Gallinero, Quizans... son más de los que puedo contar aquí, y cada uno tiene su carácter propio.
Hace miles de años, alguien subió ahí arriba, y no debió ser fácil, para dejar su firma en la piedra. Yo lo observé entonces y lo sigo observando ahora.

Me adentro en un tramo que los barranquistas conocen bien, los Oscuros del Vero. Aquí el cañón se estrecha tanto que la roca casi cierra el cielo sobre mi cauce. El curso se vuelve casi subterráneo en algunos puntos, entre el caos de bloques ciclópeos más imponente de todo el Parque de Guara. Las pozas son profundas y frías, con esa agua transparente y verde que tanto gusta a los que se atreven a meterse.
Confieso que en este tramo no soy fácil. Los que me descienden necesitan saltar, nadar, buscar el camino entre las rocas. Pero eso es lo que me hace inolvidable. Nadie que haya pasado por los Oscuros me olvida.

A medida que me interno en la Sierra de Guara, el paisaje se vuelve más salvaje. Es aquí donde recibo a uno de mis afluentes más esquivos, el barranco de Chimiachas. Es el rincón de la soledad. Su descenso termina en un gran salto que me busca con desesperación. En sus entrañas se esconde el Ciervo de Chimiachas, una de las pinturas rupestres más perfectas de todo mi recorrido.

Más abajo encuentro la Cueva Palomera, una galería por la que paso casi a oscuras, con paredes que reflejan mi agua en juegos de luz y sombra. Es uno de esos momentos en los que el tiempo se detiene y uno tiene la sensación de estar en el interior de la tierra misma.
Luego viene la garganta de las Clusas, con sus acantilados verticales que se elevan centenares de metros sobre mi cauce. Las pozas aquí, las llamadas Clusas propiamente dichas, son profundas y obligan a nadar. En verano, el agua está fría de una manera que despierta hasta al más dormido.

Después llego a la Cocineta, un tramo más abierto donde la roca ha tomado formas curiosas, y luego a la gran Visera o Peña Volada, una bóveda de roca de más de 200 metros de altura que se inclina sobre mi cauce. Desde ella se han desprendido bloques a lo largo de los siglos, y esos bloques han quedado sobre mí formando cavidades por las que me cuelo, orgulloso de mi capacidad de adaptación.

Un poco más adelante, encuentro el Tozal del Vero, una peña vertical de unos 350 metros que mira hacia abajo con ese aire altivo que tienen las grandes paredes de escalada. Los escaladores lo adoran, y yo lo entiendo, es una roca espléndida.
Después de los caos de rocas, de las badinas y pozas que forman el segundo y tercer tramo del cañón, llego al puente de Villacantal. Aquí termina lo que los barranquistas llaman el descenso deportivo del Vero.

Puedo contaros que soy el primer cañón que fue explorado como si fuera una gruta o una montaña. Después de recorrerme aguas arriba desde Alquezar y aguas abajo desde Lecina, Pierre Minvielle y su equipo, en contra de las advertencias y temores de los lugareños, descendieron mi cauce en 1967 y fueron recibidos en Alquezar aclamados como héroes.

El puente de Villacantal, del siglo XVI, es una de mis joyas. Por aquí pasaba el camino que desde las tierras del Sobrarbe bajaba hasta Barbastro. La tradición oral se lo atribuía a los romanos, pero los historiadores han aclarado que es renacentista. Los romanos, con todos mis respetos, no estuvieron aquí.

Aquí es donde normalmente empieza el descenso del llamado Vero inferior que llega hasta la cueva de Picamartillo, un recorrido asequible y divertido con destrepes, saltos de rocas, badinas y zonas donde se puede nadar con tranquilidad. Tengo un gran cariño a los intrépidos que descienden los tramos superiores pero este trozo me gusta especialmente porque aquí encuentro familias y muchos niños que pueden disfrutar de mis aguas sin peligro.

De repente, diviso en lo alto la silueta de la Colegiata de Alquézar. Aquí, la ingeniería humana ha decidido bailar conmigo a través de las famosas Pasarelas, ancladas directamente en las paredes verticales de mi cañón. Se encuentran, primero, a unos diez metros sobre mi cauce, pero el último tramo, el más espectacular, pasa 25 metros por encima de mí. Una experiencia que, como yo mismo, no deja indiferente a nadie. Además de su escalofriante belleza las pasarelas tienen el gran valor didáctico de mostrar, de forma asequible para todo el mundo, las espectaculares formaciones del proceso kárstico, descrito en otro post, ‘El fascinante proceso kárstico’ que a lo largo de milenios ha esculpido la magnificencia de la Sierra de Guara.

A pocos pasos de las pasarelas encuentro el salto del Molino de Alquézar, un azud que en su día abasteció un molino harinero y que hoy alberga una pequeña central minihidroeléctrica. Bajo el salto, una gran piscina natural donde mis aguas son más tentadoras que nunca.

En este tramo, juego a ensanchar el vientre de la roca en la cueva de Picamartillo y me deslizo bajo el puente de Fuendebaños, donde todavía susurro historias de los viejos molinos que antaño aprovechaban mi fuerza.

Tras dejar atrás la bravura de la sierra y el caos de bloques, mis aguas se amansan. Atravieso Pozán de Vero, donde me detengo un instante en su espectacular salto de agua y su puente medieval. Aquí ya no soy el escultor de cañones, sino el motor de la vida.

Justo antes de salir definitivamente al llano, recibo a mi último gran aliado, el barranco del Fornocal, largo, salvaje y colorido. Sus estrechos de conglomerado contrastan con mi caliza blanca. Cuando viene crecido, me aporta una energía renovada para atravesar los viñedos.
Finalmente, entro en Barbastro. En tiempos pasaba por el exterior de la muralla, pero, cuando la ciudad creció, construyeron casas donde estaba la muralla. Entonces en momentos de crecida, mis aguas inundaban los bajos y los barbastrenses se enfadaban conmigo.

Destalentados!. Como si no conocieran de siempre mis aumentos de caudal los años de lluvia o nieves abundantes!. Por suerte, un espabilado decidió hacer un canal para que pudiera pasar tranquilo y desde entonces los barbastrenses y yo podemos vivir en buena armonía.
Sigo mi camino, hidratando las vides que darán los famosos vinos del Somontano,

Unos pocos kilómetros después llegó al final de mi historia. En el paraje llamado La Boquera, mis aguas se funden con las del río Cinca.
Han sido 61 kilómetros. He nacido en las estribaciones de Guara, he tallado cañones, he guardado pinturas prehistóricas en mis paredes, he sostenido puentes medievales, he refrescado a generaciones de barranquistas y de caminantes, he bañado los pies de la Colegiata de Alquézar y he atravesado una ciudad que me debe buena parte de su historia.
Llego cansado pero satisfecho. Mis aguas se mezclan ahora con las del Cinca, que a su vez encontrará al Segre, y el Segre al Ebro, y el Ebro al Mediterráneo. El mundo, visto desde aquí, no parece tan grande.

Ya sabéis mi historia. Venid a verme, a recorrerme, a bañaros en mis pozas y a contemplar lo que el tiempo y yo hemos esculpido juntos en la piedra.
Aquí os espero.
Todos me llaman
El rio Vero




Fantástica descripción 👏👏